Los seres humanos, por su propia debilidad y vulnerabilidad, son por naturaleza sociales. Desde el momento de su nacimiento se encuadran en organizaciones de índole social con las que tienden a identificarse. Esta afirmación, no exenta de controversia, ha sido mantenida desde la antigüedad por diferentes pensadores que han señalado la naturaleza social de los seres humanos, aunque solo sea porque su debilidad biológica al nacer hace que les resulte imprescindible la presencia de otras personas para poder subsistir.
Así, por ejemplo, Aristóteles en su Política (328 a.C.) señala que el ser humano «es por naturaleza un animal social» (1988: 50). Tomás de Aquino, en De regimine principum (siglo XIII), proclama que «es natural al hombre ser animal social y político […]. Es natural al hombre vivir en sociedad con muchos» (1861, Lib. I, cap. I). Marx, en los Grundrisse,advierte que el ser humano aparece «originariamente como un ser genérico, un ser tribal, un animal gregario» (2007: 396). Durkheim (1909: 755), en su Sociologie religieuse et Theorie de la connaissance (1909), manifiesta que «el hombre es un producto de la sociedad» y Fukuyama (2016: 61), en su obra Los orígenes del orden político, señala que «nunca hubo una época en la evolución humana en que los seres humanos existieran como individuos aislados […] La organización comunitaria llega de forma natural».
La primera forma en la que se agruparon los seres humanos fueron las bandas u hordas, formadas por unas decenas de personas que, unidas principalmente por lazos de parentesco, vivían de la caza y la recolección de frutos silvestres. Posteriormente, alrededor del año 7000 a.C., en el Neolítico, con la aparición de la agricultura y la ganadería, las bandas evolucionaron hacia otros modelos de agrupación, a los que algunos autores denominan tribus. Estos grupos sociales se hacen más grandes, abandonan el nomadismo y producen asentamientos permanentes que van a hacer que la base social sea el territorio y no los lazos de parentesco.
A partir de este momento, las sociedades se hacen cada vez más complejas, apareciendo nuevas formas de organización social: imperios, naciones, estados, etc. El concepto de «tribu», del que es imposible lograr una definición unificada o aceptada de forma general (Khoury y Kostiner, 1990: 5), va a quedar relegado a denominar la organización social o política de los pueblos primitivos. Sin embargo, desde hace unas décadas este vocablo ha resurgido para aludir a «tribus urbanas» o «nuevas formas de tribalismo», que en numerosas ocasiones son asociadas a la polarización política.
El término «tribu», utilizado principalmente por la antropología, viene a hacer referencia a un grupo social cuyos miembros construyen su identidad al compartir un mismo origen, cultura, tradiciones, prácticas, creencias o valores, así como un mismo liderazgo que, normalmente, suele ser fuerte y acatado por la totalidad de los integrantes del grupo, siendo la lealtad al líder y al grupo uno de los valores más preciados. El proceso de construcción identitaria y de reafirmación personal, como parte de algo más grande que la individualidad, hace que los integrantes de la tribu sientan orgullo por pertenecer a esta, y se hallen en disposición de luchar para defenderla de los miembros de otras tribus, que son percibidos como enemigos.
Por su parte, el «tribalismo» puede ser definido como los comportamientos y actitudes que proceden de una fuerte lealtad a la propia tribu, que favorece el enaltecimiento y la glorificación del propio grupo (endogrupo), relegando y repudiando a los que no pertenecen a él (exogrupo). El tribalismo puede adoptar distintas formas en las sociedades actuales. Así, encontramos las llamadas «tribus urbanas» vinculadas principalmente con la juventud.
¿Quieres saber más sobre juventud y tribus urbanas?
El número 64 (2004) de la Revista de Estudios de Juventud, publicaba un monográfico.
Este concepto, acuñado por el sociólogo Michel Maffesoli en su libro El tiempo de las tribus: el ocaso del individualismo en las sociedades postmodernas (1988), apunta al retorno a pequeños grupos emocionales en los que los afectos, los sentimientos y las pasiones recuperan una importancia que parecía perdida. Estas tribus urbanas (hipsters, punks, emos, swaggers, skinheads, etc.) son grupos de individuos que comparten una identidad, estilos de vestir, gustos musicales, intereses comunes e incluso inclinaciones ideológicas.
Video ¿Tribus urbanas?
Emitido en RTVE, intervienen: Carles Feixa- Sociólogo Universidad Lleida; Montserrat Cañedo- Profesora Sociología UNED; Alejandro Sanz Arias; Adrián Almarcha Expósito; Pablo Javier Botella Buiza; Javier García Martín.
Duración: 20 minutos
La irrupción de nuevas tribus se acelera cuando las instituciones modernas entran en crisis, situación que impulsa la emergencia de formas nuevas de manifestaciones arcaicas de la organización social. Cuando aparecen los contratiempos, las dificultades y las adversidades, los seres humanos tienen la necesidad de asociarse y defenderse mutuamente, y de desarrollar nuevas lealtades. La sociedad moderna, con su énfasis en el individualismo y en la competencia, ha hecho que en los momentos de crisis, en los que se produce la fractura de los lazos sociales y económicos entre la ciudadanía y los políticos, muchas personas deseen refugiarse en su «tribu». Se generan sentimientos tribales que pueden impulsar entornos cada vez más polarizados, en los que la política se concibe como una guerra tribal.
El tribalismo hace uso de la identidad y no de la posición económica o de la clase social, y produce la «conciencia tribal», que para Weber (2002: 323), en su obra Economía y Sociedad,»suele significar algo específicamente político: es decir, que en caso de amenaza de guerra del exterior o de un propio ímpetu guerrero, nace con facilidad una actuación política colectiva sobre esta base, es decir, sobre los que se creen subjetivamente ‘parientes’ de tribu o de pueblo».
La palabra «tribalismo» relacionada con la política está siendo cada vez más utilizada en la actualidad por la prensa, en conferencias, artículos y libros científicos. Una búsqueda en Google de «tribalism in politics» proporciona 248.000 resultados en febrero de 2024. Parece como si en los últimos tiempos se estuviera produciendo el surgimiento de nuevos marcadores de identidad que están impulsando lo que se podría denominar el «nuevo tribalismo» de los tiempos actuales. Por ejemplo, las batallas culturales que se perciben en las sociedades occidentales comprenden una gran cantidad de cuestiones: la defensa o la negación del derecho al aborto, de la protección de la diversidad sexual y de las personas LGTBI, de la necesidad de combatir la violencia de género, del necesario amparo de las personas inmigrantes, del derecho a una muerte digna, de la obligación de enfrentarse al cambio climático y del derecho a disfrutar de un medio ambiente saludable e, incluso, hasta del derecho a poder vacunarse.
¿Quieres saber más sobre los temas que generan posicionamientos tribales en la política española?
Las personas que caen en el tribalismo puedan valerse de la intolerancia, defender actitudes antidemocráticas y ver la violencia política como herramienta utilizable para derrotar al supuesto enemigo. El tribalismo define lealtades infalibles, en las que cualquier discrepancia es vista como una traición; esto hace que el grupo propio (la tribu), al que se atribuyen rasgos inequívocamente positivos (favoritismo endogrupal), se cohesione fuertemente, mientras que los otros individuos, los pertenecientes a otros grupos (otras tribus), son vistos con hostilidad, se les juzga negativamente y suscitan evaluaciones intersubjetivas discriminatorias y hasta violentas (hostilidad exogrupal). Por tanto, si se define la polarización política, siguiendo a McCoy, Rahman y Somer (2018: 18), como el «proceso por el que las diversas perspectivas surgidas en la sociedad quedan realineadas en una única dimensión: la pugna entre dos grupos, ‘nosotros’ frente a ‘ellos’», se puede concluir que el tribalismo es causa, efecto y consecuencia de la polarización.
