Teorías que pretenden explicar algún fenómeno social o acontecimiento político relevante imputándolo a la acción clandestina de uno o varios grupos de presuntos conspiradores a los que se tiene por extraordinariamente poderosos e influyentes. Aunque efectivamente las conspiraciones existen en la realidad y hay numerosos ejemplos de ellas en la historia y en la actualidad política, las teorías conspirativas se suelen distinguir por el carácter desmesurado o fantástico de las conspiraciones que denuncian y por la carencia o la debilidad de las pruebas con que fundamentarlas. Cuando el grupo pretendidamente poderoso al que acusan es una minoría vulnerable, se vinculan a discursos de odio, como históricamente ha ocurrido con las teorías conspirativas antisemitas (Cohn, 2010).

Aunque pueden encontrarse en el pasado remoto creencias que cabe considerar teorías conspirativas, estas adquieren un mayor alcance tras la Revolución Francesa. Las primeras teorías conspirativas modernas no se limitan a acontecimientos puntuales como magnicidios, sino que intentan explicar las grandes transformaciones políticas y sociales de los siglos XVIII y XIX, identificando a los grupos que supuestamente las orquestan en la sombra: Iluminati, masones, judíos… La percepción de estas teorías como una forma de conocimiento ilegítimo o incluso patológico es aún más reciente, y se generaliza en la segunda mitad del siglo XX (Butter, 2020).
Académicamente, el concepto se origina en el segundo volumen de La sociedad abierta y sus enemigos (1966), donde Karl Popper define una «teoría conspirativa de la sociedad» como modelo de explicación errónea que las ciencias sociales deben evitar. Popper sostiene que las teorías conspirativas son fruto de la secularización de creencias religiosas, pues los conspiradores ocupan el lugar de los dioses como responsables de todo lo que ocurre. Aunque las teorías de la conspiración no son explicaciones válidas de la realidad social, Popper afirma que sirven para explicar las acciones de quienes creen en ellas. Así, por ejemplo, para explicar lo que hizo Hitler hay que tener en cuenta las teorías conspirativas en las que creía.
Desde una perspectiva politológica, fue particularmente influyente en el estudio de las teorías conspirativas el ensayo «The Paranoid Style in American Politics» de Richard J. Hofstadter. En él, caracteriza un «estilo paranoico» en la derecha norteamericana, que, a juicio de Hofstadter, utiliza el miedo para manipular a los votantes.
Artículo
The Paranoid Style in American Politics Revisited: An Ideological Asymmetry in Conspiratorial Thinking
S. Linden, C. Panagopoulos, F. Azevedo y J. T. Jost
Publicado en Political Psychology, 42, pp. 23-51. (2021).
La investigación social sobre teorías conspirativas ha experimentado un considerable impulso a partir de la segunda década del siglo XXI, particularmente como consecuencia de fenómenos políticos, como el auge del nacional-populismo o el Brexit, en los que estas teorías parecen haber cobrado protagonismo. También ha contribuido decisivamente a su proliferación la pandemia de la COVID-19 y la manifiesta dimensión política que han mostrado en ese contexto.

Puesto que las teorías conspirativas expresan sospechas hacia grupos concretos, para quienes creen en ellas su verosimilitud se basa en la percepción previa que ya tenían de tales grupos. De este modo, la creencia en teorías conspirativas se retroalimenta con dinámicas de endogrupo y exogrupo, así como con la polarización afectiva. Las teorías de la conspiración refuerzan la polarización afectiva al acusar al adversario político de manejos ocultos y perversos, y la polarización afectiva hace más verosímiles las teorías conspirativas sobre adversarios políticos a los que ya se percibe como capaces de cualquier cosa por el poder: recurrir al fraude electoral sistemático o colaborar con grupos terroristas para provocar un vuelco en unas elecciones, entre otras acciones.
De acuerdo con Uscinski y Parent (2014), suelen ser los perdedores de cualquier proceso político, como por ejemplo unas elecciones, quienes tienden a propagar y dar crédito a teorías conspirativas sobre su derrota. Esto contribuye a evitar el deterioro de la cohesión del grupo y permite mantener una autopercepción grupal positiva, al achacar el fracaso a maniobras subterráneas e ilegítimas del adversario y no a deméritos o errores propios.
Joseph Uscinski: «Las teorías de la conspiración son para perdedores»
Las teorías conspirativas también se relacionan con los sesgos cognitivos y la desinformación, ya que a menudo proporcionan el armazón narrativo sobre el que se sostienen campañas sistemáticas de noticias falsas.
Artículo
Understanding Conspiracy Theories
K. M. Douglas, J. E. Uscinski, R. M. Sutton, A. Cichocka, T. Nefes, C. Siang Ang, F. Deravi
Publicado en Political Psychology, 40, pp. 3-35. (2019)
Algunos investigadores (Miller, 2023) consideran que las teorías conspirativas como fenómeno sociopolítico han experimentado un salto cualitativo con QAnon, una teoría originada en 2017 sobre una supuesta conspiración del «Estado Profundo» contra el entonces presidente de EEUU Donald Trump. Su propagación y constante reelaboración colaborativa a través de foros de Internet y redes sociales ha dado lugar a una nutrida comunidad de seguidores y a una suerte de súper-teoría de la conspiración omniabarcante que favorece la auto-radicalización de nuevos adeptos para quienes los algoritmos filtran aquellos contenidos que les resultan más atractivos.