Desarrollada como complemento a modelos clásicos del comportamiento electoral, la teoría sostiene que nuestra forma de procesar la información política y de actuar con respecto a ella depende de dos sistemas emocionales de aprendizaje relacionados con el sistema límbico del cerebro: el sistema de disposiciones y el sistema de vigilancia.
El sistema de disposiciones se ocupa de las situaciones regulares en las que no se producen novedades relevantes, y permite que las personas se apoyen en hábitos adquiridos a partir de experiencias del pasado. La consolidación de unos hábitos frente a otros se decide por un proceso espontáneo e inconsciente de valoración emocional que refuerza aquellos hábitos que nos producen entusiasmo y nos lleva a abandonar aquellos que nos provocan aversión o malestar.
El sistema de vigilancia compara constantemente nuestras experiencias y percepciones con nuestras expectativas y produce una sensación de calma mientras ambas son congruentes, pero activa la señal de alarma y genera ansiedad cuando aparece información nueva u ocurren acontecimientos inesperados. Al no cumplirse nuestras expectativas, ya no nos podemos apoyar en hábitos adquiridos: dedicamos conscientemente nuestra atención y buscamos información adicional para valorar cuál puede ser la respuesta más adecuada.
Artículo
Inteligencia afectiva y juicio político (primera parte)
G. Marcus, R. Neumany M. Mackuenn
Publicado en Sociológica, (63), pp. 253-266. (2007).
Artículo
Inteligencia afectiva y juicio político (segunda parte)
G. Marcus, R. Neumany M. Mackuenn
Publicado en Sociológica, (64), pp. 241-267. (2007).
Elaborada durante los tres últimos lustros del siglo XX por George E. Marcus, W. Russell Neuman y Michael MacKuen, la teoría de la inteligencia afectiva se presenta en el libro Affective Intelligence and Political Judgment (2000). Sus autores pretenden superar la tradicional oposición entre lo emocional y lo racional, y suplir las carencias explicativas y predictivas del modelo de elección racional. Las emociones, de acuerdo con esta teoría, no obstaculizan la deliberación racional, sino que son su condición necesaria: para que la deliberación sea posible, deben producirse antes respuestas emocionales que dirijan la atención consciente hacia los nuevos estímulos amenazantes.
En trabajos posteriores, como el volumen colectivo The Affect Effect (2007), los responsables de la teoría de la inteligencia afectiva desarrollaron en mayor profundidad sus implicaciones conceptuales y empíricas, y buscaron la convergencia con otras teorías sobre el papel de las emociones en el comportamiento político y electoral.
Los autores defienden que su teoría permite integrar los hallazgos de los modelos psicosocial y de elección racional (MacKuen, Marcus, Neuman y Keele, 2007). Ambos modelos del comportamiento electoral generalizan, a partir de tipos particulares de juicio político, el «voto normal» basado en la identificación partidista, por un lado, y el cálculo racional, por otro. Este último entra en juego cuando sentimos ansiedad ante circunstancias nuevas, lo que nos impulsa a evaluarlas conscientemente. Si no sentimos ansiedad, porque el entorno nos resulta familiar, podemos mantener nuestras respuestas habituales, basadas en la ideología o en la identificación partidista (predisposiciones políticas), y evitar el esfuerzo cognitivo de un cálculo racional que resultaría innecesariamente costoso.

La teoría se ha aplicado también al auge del nacional-populismo en la segunda década del siglo XXI (Marcus, Valentino, Vasilopoulos y Foucault, 2019), examinando, por ejemplo, de qué modo la reacción emocional a los atentados terroristas acaecidos en Francia en el año 2015 pudo influir en el apoyo electoral a la extrema derecha. Estas amenazas generan dos tipos de respuesta emocional, ira y miedo, con consecuencias distintas tanto en el juicio como en el comportamiento: el miedo disminuye la tendencia a apoyar a los partidos nacional-populistas, mientras que la ira la aumenta.
ISSP 2020: Plenary sesión with speaker Prof. George E. Marcus