La palabra «segregación» proviene del latín segregatio que significa acción y efecto de separarse del rebaño. Actualmente, el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define este vocablo como «acción y efecto de segregar». A su vez, «segregar», en su segunda acepción, se define como «separar y marginar a una persona o a un grupo de personas por motivos sociales, políticos o culturales».
Partiendo de esta última significación, la segregación social vendría a ser la separación y marginación o exclusión impuesta, de derecho o de hecho, a un grupo de personas, fundamentada en una motivación social, política, económica, cultural, racial o religiosa.
Existe numerosa literatura con orientaciones teóricas diversas sobre la segregación social pero, en general, se entiende como la falta de interacción entre grupos sociales, que procede de diferentes tipologías de separación o apartamiento:
- Espacial (segregación residencial, urbana o territorial).
- De índole económica, laboral o de clase social (segregación socioeconómica).
- Con base en diferencias étnicas o raciales (segregación etno-racial).
- En función de diferencias en los intereses, estilos de vida, creencias o prácticas religiosas (segregación simbólica, religiosa o cultural).
En realidad, la dimensión espacial se solapa con las dimensiones socioeconómica, étnica y cultural. Como señala Roitman (2003), «la segregación social urbana puede entenderse como la separación espacial de los diferentes grupos sociales en una ciudad o un área geográfica de acuerdo a diferencias étnicas, religiosas, de ingresos, etc.».
Rodríguez Vignoli (2001), advierte que, en «términos sociológicos, segregación significa la ausencia de interacción entre grupos sociales. En un sentido geográfico, significa desigualdad en la distribución de los grupos sociales en el espacio físico. La presencia de un tipo de segregación no asegura la existencia de otro» (ibid., 2001: 11).
En los primeros estudios enfocados en la segregación residencial realizados en Estados Unidos, el concepto fue utilizado para aludir al proceso de concentración y creación de guetos para las personas de color o de zonas de asentamiento de inmigrantes.
Los estudios que acometen el análisis de la segregación comúnmente se dividen en dos conjuntos principales de teorías: las de la Escuela de Chicago, con autores como William I. Thomas, Robert E. Park, Louis Wirth o Ernest W. Burgess, y las de inspiración marxista, con autores como Henri Lefebvre, Manuel Castells o David Harvey.
Ruiz-Tagle (2016: 11) señala que, por un lado, «la Escuela de Chicago ha influenciado a varias generaciones de autores, quienes han retratado la segregación como un fenómeno natural. Y, por otro, la aproximación marxista comprende este fenómeno como un problema estructuralmente determinado».
Para la Escuela de Chicago, la segregación es una mera eventualidad del crecimiento urbano y de la transformación de la ciudad. Es decir, una condición que se produce inevitablemente en un contexto de una cooperación competitiva. Como señala Park (1926: 18), «las relaciones sociales están, frecuente e inevitablemente, correlacionadas con las relaciones espaciales». Esa inexorabilidad hace que la segregación no sea vista como algo patológico, sino como, en una aproximación manifiestamente funcionalista, una etapa natural de transición hacia un orden social en equilibrio.
Por otro lado, entre las teorías de inspiración marxista, Lefebvre desarrolla su argumento central al señalar que cada sociedad produce su espacio, por lo que éste se convierte en un producto social, y su producción es fundamental para la reproducción del sistema social capitalista en su conjunto. Por su parte, la propuesta de Castells, publicada en 1972 en su obra La cuestión urbana, señala que la «distribución de los lugares de residencia sigue las leyes generales de la distribución de los productos y, por tanto, produce reagrupaciones en función de la capacidad social de los sujetos, o sea, en el sistema capitalista, en función de sus rentas, de su estatuto profesional, del nivel de instrucción, de la pertenencia étnica, de la fase del ciclo de vida, etc.» y entiende la segregación urbana como «la tendencia a la organización del espacio en zonas de fuerte homogeneidad social interna y de fuerte disparidad social entre ellas, entendiéndose esta disparidad no sólo en términos de diferencia, sino de jerarquía» (Castells, 2014: 203-204). Por último, Harvey (1977), en Urbanismo y desigualdad social reconstruye la dimensión espacial de la teoría marxista, elaborando una teoría del espacio derivada de la teoría de la acumulación.
En la década de los años 90 del siglo XX, Saskia Sassen, en La ciudad global realiza un análisis que reconduce el análisis de la segregación al hablar de una ciudad global que tiende a polarizarse y a acrecentar la segregación residencial. Sassen (1991) señala la existencia de un aumento de la polarización económica y espacial debido a la concentración desmedida en estas ciudades globales de empleos muy bien gratificados y, al mismo tiempo, de otros muy mal remunerados.
Ciudades, desarrollo y globalización – Saskia Sassen
La conjunción de segregación residencial, socioeconómica y etno-racial, unida a la distribución espacial desigual de escuelas (segregación escolar ), tiene como resultado que la infancia de los barrios segregados acuda a escuelas con altas concentraciones de alumnado desfavorecido o vulnerable, lo que va a limitar sus oportunidades futuras y a reproducir la estructura social y las causas de la segregación.
Aunque los procesos de segregación social han existido siempre, suelen intensificarse en sociedades polarizadas social y económicamente, en las que surgen grandes divisiones étnico-raciales o fuertes procesos de inmigración. Esto se hace más evidente en el seno de las ciudades durante el proceso de urbanización industrial capitalista, en el que se desencadenó una gran mercantilización de la tierra y la consolidación de las «clases obreras» como grupo social definido. De esta forma, se hace factible concebir en un territorio distintos espacios en los que cada grupo social tiene una ubicación determinada.
En el caso de la segregación basada en las desigualdades económicas, los grupos de altos ingresos disfrutan de la posibilidad de elegir su localización residencial, mientras que los obreros con bajos salarios son segregados y emplazados en las zonas menos valoradas. La segregación social se hace visible en la medida en que los residentes de unos espacios, muchas veces cerrados, tienen escasa o nula relación con sus vecinos de los barrios colindantes. Se generan, al menos, dos tipologías espaciales diferentes que tienen consecuencias en las personas que residen en uno u otro espacio territorial: un espacio con todos los servicios en el que residen las personas privilegiadas, con medios económicos y capital cultural, y otro, que se define muchas veces por oposición al primero, en que se ubican personas sin medios económicos, vulnerables o excluidas. Cada uno de estos espacios, con sus características, contribuye a la definición de la identidad social y colectiva de las personas que los habitan, la cual suele construirse desde la pertenencia a un grupo y por oposición a otros (endogrupo y exogrupo).
Los problemas surgen cuando se produce una separación absoluta entre los dos espacios, una aversión a la interacción y se profundiza en una división que incorpora un componente relevante de animosidad que se fundamenta en comportamientos discriminatorios, hostilidad, odio y rechazo al otro; en definitiva, se producen, en mayor o menor medida, procesos de segregación y polarización social, si bien, es necesario advertir que la polarización no implica necesariamente que de forma automática se produzca segregación social, siendo más factible que sea la segregación la que genere procesos de polarización.