Constituye una dimensión central de la polarización política contemporánea, íntimamente asociada con sus derivaciones cognitivas y afectivas. La segregación partidista (SP) es un proceso que esencialmente contiene dos dimensiones: 1) convergencia entre identificación partidaria y orientación ideológica; 2) Segmentación ideológica del espacio social.
La «combinación correcta» o convergencia entre partido e ideología implica una transformación en el comportamiento político de la opinión pública (Mason, 2015). Para el caso norteamiericano, esta «síntesis» se suele expresar en los siguientes términos: los demócratas ahora son más liberales y los republicanos son más conservadores que hace 50 años. La segregación partidista de los electorados implica conceptualizarlos, ya no como un mercado desregulado donde la retórica persuasiva es capaz de reclutar adhesiones en cualquier sector, sino como un electorado más segmentado y rígido ideológica y afectivamente. La SP incuba un vínculo menos transaccional de los ciudadanos con los gobiernos y más afectivo, más pasional. En este sentido, el paradigma de rational choice se vuelve insuficiente para comprender un comportamiento político y electoral cada vez más alejado de la imagen de un ciudadano que elige ante una oferta de opciones movido por fríos cálculos y ponderando sencillamente maximizar sus beneficios. Por el contrato, el comportamiento político se empieza a asemejar más al de un hincha de fútbol que al de un inversor (Mason, 2015). Asimismo, la SP debilita también el issue voting, donde el voto era pensadocomo una elección ad hoc en virtud de las preocupaciones y de la agenda que rige cada elección. Como consecuencia de la SP, más que una elección coyuntural el voto actúa como manifestación de una constelación identitaria. La identidad política se fija como una identidad social que cumple funciones de pertenencia y sentido que trascienden la esfera plenamente política.
La segregación implica la clasificación geográfica, simbólica y discursiva de la sociedad según líneas de división político-ideológica. Este fenómeno agudiza la endogamia ideológica al configurar ambientes de socialización política más homogéneos, lo cual a su vez acentúa sesgos partidarios en la percepción del entorno, en los juicios sobre el desempeño de gobiernos y estimula la elaboración de emociones políticas negativas sobre el «otro político». La segregación partidista se apoya sobre rasgos humanos muy profundos, tales como la tendencia, voluntaria o inconsciente, de las personas a vincularse principalmente con personas que comparten sus mismas creencias, valores o ideologías. Una de las manifestaciones más extremas de este fenómeno reside en la «segregación partidista» del territorio social, esto es: la segmentación ideológica de la geografía. Distintos autores han documentado que en Estados Unidos se observa este proceso, donde el elemento partidista (la búsqueda de un «ecosistema afín») se vuelve un driver en la elección del barrio de residencia (Lang y Pearson-Merkowitz, 2014; Brown y Enos, 2020).
Artículo
Partisan Sorting in the United States, 1972-2012: New Evidence from a Dynamic Analysis
Corey Lang y Shanna Pearson-Merkowitz
Publicado en Political Geography, 48, pp. 119-129. (2014)
El desenlace más extremo de este tipo de segregación geográfica sería la de una parte importante de la sociedad residiendo en burbujas partidistas. Ahora bien, la endogamia surgida de la segregación no es «gratuita» en términos cognitivos, emocionales y culturales.
En el marco de un proceso circular, la segregación partidista es causa y consecuencia de una profunda metamorfosis del espacio público contemporáneo, estrechamente vinculada con la consolidación del ecosistema digital como esfera principal de la conversación pública. En este marco, la SP se vuelve un aspecto indispensable para pensar y repensar los procesos de formación de la opinión pública, recuperando y actualizando los tempranos planteos de Walter Lippmann (2003). Desde su perspectiva, la opinión pública se configura a través de representaciones mentales mediadas por símbolos y estereotipos y no como resultado de una interacción directa con la realidad.
La segregación partidista no se agota en el territorio físico, no es exclusivamente geográfica. En las últimas décadas, los debates sobre el urbanismo y las transformaciones de la ciudad contemporánea han estado atravesados por la cuestión de la privatización del espacio público y la segregación espacial en barrios cerrados de «iguales». En la esfera de las ideas y los valores se ha venido produciendo un proceso equivalente: la constitución de «barrios cerrados» de la subjetividad política, esto es, la cristalización de countries ideológicos. En otras palabras, la segregación partidista del territorio social. Ahora bien, existe una diferencia sustancial entre estas dos clases de barrios cerrados: quien reside en un country tiene plena conciencia de esa insularidad, pero quien habita en un «barrio cerrado ideológico» desconoce esa condición y experimenta la homogeneidad que lo envuelve como «natural». El resultado está a la vista en la escena política contemporánea: un tipo de ambiente cultural poco favorable para el florecimiento de la pluralidad y la tolerancia. La segregación favorece el extremismo, desalienta la cooperación, alienta una «recíproca incomprensión» entre votantes rivales, quienes experimentan sus diferencias como un abismo moral.
El abordaje de la segregación partidista se inscribe dentro de las reflexiones críticas sobre el nuevo espacio público que ponen el foco sobre las cámaras de eco, los filtros burbuja y el «ensimismamiento digital». Estos retratos alumbran una ecología mediática partidizada y polarizada, que agudiza la polarización afectiva al ofrecer contenidos que se ajustan con las creencias y preferencias de sus audiencias, creando así «cámaras de eco» ideológicas (Pariser, 2017). En redes sociales y plataformas, la dieta cognitiva que filtra nuestra percepción de «la realidad» se encuentra algorítmicamente personalizada y adaptada muestra inclinaciones ideológicas (Calvo y Aruguete, 2023). Entornos ideológicamente más homogéneos agravan un aislamiento cognitivo que impacta en el plano de la cultura política. Un espacio público segregado es uno donde «imperan las distancias, las desconfianzas mutuas, y donde los ciudadanos prefieren refugiarse en la zona de confort de los iguales antes que ingresar a un espacio de intercambios abiertos» (Quevedo y Ramírez, 2021, p. 27). Precisamente, estar expuestos a una diversidad de opiniones es aquello que nos previene de dicho aislamiento y, sobre todo, de sus efectos. A mayor segregación y endogamia, mayor aislamiento cognitivo y hostilidad afectiva hacia el «otro político» (Ramírez y Falak, 2023). Aquí es donde los procesos «lippmanianos» de representación moralizada y estereotipada de la realidad desempeñan una función determinante. Solo podemos experimentar una intensa aversión por aquello que se nos presenta bajo una forma desagradable y odiosa. El hecho de que, como consecuencia de la segregación ideológica, al votante adversario únicamente lo experimentemos como representación – y no como experiencia directa capaz de producir disonancia cognitiva e incluso disonancia afectiva – favorece una caracterización estigmatizada del otro sin obstáculos empíricos.
Además de la formación de «vecindarios políticamente homogéneos» y de la configuración de «burbujas filtro», otro de los signos más extremos de la segregación partidista radica en la creciente gravitación del componente político sobre la arquitectura de los vínculos sexoafectivos. Estudios realizados en diferentes países vienen alumbrando un crecimiento de la endogamia partidista y una reducción del share de las «parejas (políticamente) mixtas» (Iyengar, Konitzer y Tedin, 2018).
La polarización en el hogar
Existe toda una línea de estudios preocupada por la socialización política en el contexto del hogar. Así, son muchos los trabajos que indagan sobre la propensión de los ciudadanos a formar vínculos afectivos con personas de identidades políticas contrarias. En Estados Unidos (Iyengar, Konitzer y Tedin, 2018) están los primeros estudios, pero luego esta perspectiva fue replicada para obtener información sobre casos como el alemán, el español, o incluso el argentino (Ramírez y Falak, 2023), entre otros.
La segregación partidista se ha convertido en una característica constitutiva del espacio público contemporáneo, cada vez más alejado de la propuesta normativa de Jürgen Habermas de una esfera pública donde las personas puedan participar en igualdad de condiciones a través de un debate racional y deliberativo