El fenómeno populista ha adquirido una atención notable durante las últimas décadas, una vez que se ha identificado un impacto creciente del mismo en la política contemporánea a nivel global. Asimismo, la complejidad del populismo como fenómeno político y social ha dado lugar a diversas definiciones y explicaciones, sin que exista hoy en día una visión unánime sobre su naturaleza y características (del Rey Morató, 2016; Rodríguez Arechavaleta, 2024). Por tanto, es muy probable que, culturalmente, el populismo sea entendido de forma variada en diferentes contextos y regiones geográficas, según sea el concepto compartido de la actividad política propio de cada sociedad y el nivel de protagonismo que se le otorgue al «pueblo» en el ideario colectivo. Por lo general, el mero hecho de señalar a un actor político como populista es, de por sí, fuente de conflicto, dada su connotación peyorativa y su carácter indeseable.
El estudio del populismo
A comienzos del presente siglo, Paul Taggart (2000; 2004) identificó tres grandes corrientes en el estudio del populismo. La primera de ellas utilizaría el término únicamente como un recurso rápido para enfatizar la intensidad y la peculiaridad de determinadas tendencias políticas, pero sin llegar a profundizar en las propiedades del fenómeno en sí. La segunda corriente, representada por trabajos como el de Margaret Canovan (1981), utilizaría una aproximación histórica para identificar diferentes tipos de populismo en diferentes contextos. Por ejemplo, Canovan distingue entre el populismo agrario, propio de los movimientos campesinos durante la primera mitad del siglo XX, y varios subtipos de populismo propiamente «político», incluido un subtipo de populismo dictatorial como el de Juan Domingo Perón en Argentina. En tercer lugar, Taggart identifica la corriente en la que él mismo se encuentra, la cual considera al populismo como un fenómeno político universal, identificable a partir de cinco características ideales:
- hostilidad hacia la política representativa;
- el deseo de preservar el «corazón» del pueblo, una idea romantizada de la población local de su propio pasado (véase nativismo);
- la falta de valores nucleares, adaptando sus principios de forma camaleónica a cada contexto;
- su aparición en respuesta a algún tipo de fuerte sensación de crisis, tales como las crisis de legitimidad y de representación de las instituciones políticas tradicionales; y
- su capacidad para auto justificarse y auto legitimarse con cualquier pretexto.
Otra obra de referencia es la de Cas Mudde, quien ha estudiado en profundidad a los partidos populistas. Mudde (2004: 543) definió el populismo como
una ideología que considera que la sociedad está fundamentalmente separada en dos grupos homogéneos y antagonistas, «el pueblo puro» contra «la élite corrupta», y que argumenta que la política debería ser la expresión de la voluntad general del pueblo.
Aunque Mudde define el populismo como una ideología, aclara que se trata de una ideología delgada o ligera (thin-centered ideology), con escaso desarrollo intelectual. Es por eso que señala que el populismo se puede combinar con otras ideologías, igualmente ligeras (ecologismo, nacionalismo) o, por el contrario, más consistentes como las ideologías tradicionales (comunismo, socialismo, liberalismo, conservadurismo, etc.). El populismo, según Mudde, tiene una naturaleza más de tipo moral (ver moralización de la política) que programática, fomentando así las dinámicas de amigo-enemigo (ver polarización afectiva).
Más recientemente, Mudde y Rovira Kaltwasser (2018) señalaron que el estudio comparado del populismo previsiblemente avanzaría en relación a cuatro grandes líneas (revisadas) de investigación. La primera de ellas, la ansiedad económica, entendida –más allá de la problemática hipótesis de «los perdedores de la globalización»– como una sensación de privación respecto al nivel de vida que la población considera que debería tener. Segundo, la reacción cultural (cultural backlash) que defiende la autenticidad del pueblo tanto frente a los migrantes –en el caso del populismo nativista– como a la cultura privilegiada de la élite política y económica. En tercer lugar, se sitúa lo relativo a lo que los autores denominan la tensión entre la capacidad de respuesta y la responsabilidad. Mientras que los partidos de gobierno tradicionales experimentan cada vez mayores dificultades para encontrar un equilibrio entre cumplir con los compromisos internacionales adquiridos –en organizaciones internacionales como la Unión Europea, la OTAN, etc., además de otros tipos de acuerdos de comercio y de cooperación– y atender las demandas de sus propios votantes, los partidos populistas amenazan con romper esos equilibrios si alcanzan el gobierno, priorizando el interés nacional (por ejemplo, Viktor Orbán en la Unión Europea). Finalmente, un cuarto gran eje de investigación sobre el populismo gira en torno al partidismo negativo y la polarización política. El populismo, en combinación con ideologías radicales, profundiza lógicas maniqueas de buenos (el pueblo) contra malvados (la élite), avivando emociones negativas hacia la competencia política y generando efectos polarizadores en cadena al (re)politizar cuestiones que la élite tradicional tiende a pasar por alto (por ejemplo, los salarios de los políticos y de sus asesores, la financiación pública de partidos, sindicatos y fundaciones, etc.).
Italia: así nació el movimiento Cinco Estrellas
Aunque existen buenos ejemplos del populismo radical de izquierdas, como los casos de Hugo Chávez y su sucesor, Nicolás Maduro, en Venezuela, al igual que partidos como Podemos, en España, o Syriza, en Grecia, gran parte de los estudios contemporáneos sobre populismo se centran en el auge de la derecha radical populista. En este ámbito, también destaca el trabajo de autores como Kai Arzheimer (2015), en especial sobre el caso de Alternativa por Alemania (AfD), o el de Lisa Zanotti y colegas sobre los partidos de derecha radical tanto en América Latina (Zanotti y Roberts, 2021) como sobre Vox en España.
Populismo y liderazgo
El populismo se ha relacionado frecuentemente con liderazgos fuertes y carismáticos: políticos que tienen una gran capacidad para conectar con amplios sectores de la población y conseguir que la atención mediática se centre sobre sí mismos, de un modo personalista. La excepcionalidad histórica de algunos casos, como el de Donald Trump, ha originado que incluso se identifique al «trumpismo» (Wodak, y Krzyżanowski, 2017) como un estilo propio de liderazgo populista, capaz además de generar efectos de imitación a nivel global.
Los líderes políticos populistas utilizan diversas estrategias para ganarse el favor de los votantes. Por ejemplo, Evo Morales recurrió frecuentemente al poder simbólico de la hoja de coca para generar simpatía entre la comunidad indígena en Bolivia –y, por extensión, en América Latina–, cuyo libre cultivo llegó a defender incluso ante la Asamblea General de Naciones Unidas. En gran medida, los líderes populistas tienen un entendimiento de la política como «espectáculo» y se valen de apariciones públicas, de escenografías y de declaraciones más propias de las celebridades (actores, estrellas de la música, etc.) que de la (aburrida) clase política tradicional.
Laclau, el teórico del populismo
La creciente importancia de las redes sociales en la comunicación política ha dado lugar a lo que se ha denominado el liderazgo político digital (Villaplana y Fiztpatrick, 2024). Entre los líderes digitales, son particularmente exitosos los líderes populistas, tales como Marine Le Pen o Giorgia Meloni. Además del uso de las redes sociales habituales en política –X y Facebook–, los líderes populistas han sabido utilizar plataformas de carácter más informal como Instagram y TikTok, combinando mensajes políticos con otros más de tipo íntimo y humorístico, mostrándose así ante sus seguidores no como una figura distante y superior, sino cercana, como «uno más» de ellos.
Populismo y posverdad
Por último, debe destacarse que el populismo, al ser un fenómeno fundamentado en creencias y no en evidencias, tiene una gran afinidad con la posverdad (Waisbord, 2018). Es frecuente que los partidos y líderes populistas utilicen a su favor sesgos y prejuicios ya existentes en la población, e incluso que los alimenten. Un ejemplo paradigmático fue la campaña a favor del Brexit en el Reino Unido, en la que los partidarios del mismo lo justificaron con una serie de beneficios económicos y de ventajas geopolíticas que no eran, en su mayoría, reales ni posibles. En este sentido, los partidos populistas representan un caso extremo de realizadores de grandes promesas cuando se encuentran en la oposición y de portadores de numerosas excusas cuando alcanzan el gobierno.
