La polarización política es la expresión de un conflicto intenso sobre ideas, intereses o valores en el seno de un Estado. Remite a una profunda tensión política entre rivales, asociado a una encendida oposición y una dura confrontación antagonista. No se limita a la mera divergencia o desacuerdo, sino que denota relaciones de agudo conflicto que van más allá de los límites de la competencia democrática ordinaria.
Este concepto alude a los estudios referenciales de Sartori (1984) en los que se enfatiza que la naturaleza de la polarización política es el conflicto y no la mera discrepancia política o distancia ideológica. La divergencia es consustancial a la democracia y no se debe patologizar las discrepancias inherentes a este régimen. Se banalizaría y vaciaría de significado si se considera polarización cualquier enfrentamiento propio de la democracia.
La polarización requiere un nivel de enfrentamiento intenso. Generalmente se habla de extraordinarias confrontaciones que trasgreden las fronteras ordinarias de los conflictos democráticos, si bien la línea no es precisa. Es una situación de extremo conflicto que amenaza las prácticas democráticas y las instituciones de resolución de conflictos e impulsa la normal competición democrática al límite de una espiral de ira y división (Carothers y Andrew O’Donohue, 2019).
Entre los factores actuales que contribuyen a la polarización política se incluyen el consumo informativo de un sistema de medios híbridos –en el que los actores periodísticos conviven con otros emisores privados–, las cámaras de eco que se fortalecen en las redes sociales, la desinformación, la clasificación ideológica y la influencia de las redes sociales y las plataformas tecnológicas (Pausch, 2021). Entre sus causas, la desigualdad social y el desempleo en las sociedades contemporáneas.
Artículo
Incremento de la polarización política con desinformación: análisis comparado de la prensa europea de calidad
Laura Teruel-Rodríguez
Publicado en Profesional de la información, 32(6), e320612. (2023)
En Schedler (2023) se realiza un recorrido histórico y se sintetiza la evolución epistemológica del concepto.
Luis Miller analiza las causas y consecuencias políticas de la polarización política.
Protagonistas
Los protagonistas de la polarización política son los grupos, siendo este un concepto amplio que se refiere, en este caso, a los actores colectivos. No se trata estrictamente de partidos políticos, como pudiera inferirse de forma intuitiva. La literatura debate aún si se trata de una polarización más simétrica, circunscrita a las élites –políticas, intelectuales, mediáticas (Fiorina et al, 2008)– o si, en cambio, esta atraviesa también a la sociedad en general de manera asimétrica (Abramowitz y Saunders, 2008).
No son, por tanto, estrictamente grupos u organizaciones, sino construcciones simbólicas, lo que explica la apertura del concepto. Pueden autoconcebirse como naciones; grupos religiosos o étnicos; o seguidores de partidos políticos, líderes o ideologías que consideran al otro como una amenaza para la democracia.
Se comprende la polarización política como una forma de conflicto público (más que una mera agrupación de disposiciones ideológicas) y se establece su carácter genérico como una confrontación política arraigada en el nivel más alto de la política entre comunidades imaginadas cuyo antagonismo tiende a absorber, dominar o desplazar a otras escisiones. Así, la cohesión de dicho grupo es más importante que su grado de extremismo ideológico (Miller, 2023).
Naturaleza y tipo de conflictos
Si la polarización política se refiere a los conflictos políticos, se debe entender como disputas sobre la definición y reacción frente a asuntos colectivos. Estos asuntos deben ser, por tanto, trascendentes y arraigados; no trata la discrepancia sobre temas coyunturales. No alude a confrontaciones armadas, aunque los conflictos polarizadores a menudo evocan amenazas de violencia. Tan es así que Sartori (2005), al definir el pluralismo polarizado en la historia de la democracia, afirmaba que implicaban el más alto grado de conflicto ideológico y remitía a escenarios como España 1931-1936 o la Italia después de la II Guerra Mundial, entre otros.
Este término comúnmente describe un conflicto colectivo al más alto nivel: una brecha que divide a toda la comunidad política, la nación. Se trata, por tanto, de un problema interno que, en su concepción ideal (Schedler, 2023) cumple cuatro requisitos.
En primer lugar, versa sobre temas extraordinarios, no sobre la lógica de enfrentamiento democrática. La democracia requiere el concurso de ideologías y partidos distantes entre sí y ello implica discusión, apegos emocionales y reacción social. Esa distancia, esa diferenciación, da lugar a otros tipos de polarización de lo que se hablará más adelante.
En segundo lugar, dada su trasversalidad, no puede quedar reducido a esferas subnacionales, muy específicas o temáticas, sino que toda la nación debe verse apelada.
En tercer lugar, la polarización –desde su concepción física– implica la existencia de dos polos que se distancian entre sí y desarticulan el centro o las posturas intermedias. En la traslación politológica de este concepto, es necesario que se enfrenten sólo dos actores; no cabe hablar de un fenómeno multipolar.
Por último, el escenario final de la polarización política que no consigue resolverse es el enfrentamiento total, que incluso ha llegado a ser históricamente violento. Dos partidos bien pueden competir en múltiples dimensiones y en los sistemas democráticos bipartidistas suelen hacerlo. Pero en condiciones polarizadas prototípicas que no logran desarticularse, se convierten en un gran proceso de realineamiento político que reorganiza, subordina o reemplaza todas las demás divisiones políticas. A su sombra, la multiplicidad normal de diferencias en una sociedad se alinea a lo largo de una sola dimensión y se concibe toda la política y la sociedad en términos de «nosotros» versus «ellos».
Antes de alcanzar este hipotético escenario, las consecuencias evidentes son la crispación y el bloqueo político. La crispación se da cuando la discusión política adopta un tono bronco, lleno de insultos y descalificaciones hacia el adversario; la democracia se resiente porque los actores sufren un proceso de deslegitimación y se imposibilitan los acuerdos.
El populismo y la polarización hacen buena pareja.
Es normal que en una democracia haya grupos antagónicos que compiten por el poder. De hecho, eso es sano. Pero en los últimos tiempos hemos visto como, en muchos países, esa sana competencia ha mutado en una polarización extrema que atenta contra la democracia. La polarización radicalizada hace imposible que grupos políticos rivales logren concretar los acuerdos y compromisos que son necesarios para gobernar en democracia. Los rivales políticos se convierten en enemigos irreconciliables que no reconocen la legitimidad del «otro», no aceptan el derecho de ese «otro» a participar en la política o, mucho menos, que llegue a gobernar.
La polarización implica el fortalecimiento del sentimiento de pertenencia a un grupo homogéneo, la percepción del otro grupo como adversario y peligroso para la democracia. Indudablemente, la crispación es una estrategia para alimentar ese sentimiento de pertenencia positiva (a través de la valoración de los afines) o negativa (a través de la crítica al rival). Por tanto, existe relación entre ambos conceptos –polarización y crispación–.
Desde la Ciencia Política se ha estudiado en las últimas décadas más estas conductas individuales (el discurso crispado, las preferencias de los líderes y seguidores políticos) que la evolución del conflicto de actores colectivos. Han cobrado gran fuerza los trabajos sobre polarización afectiva, que estudian los sentimientos que los partidos y líderes políticos despiertan, o polarización ideológica, relacionada con el alejamiento de las posturas políticas que defienden los partidos políticos.