Scheff (1994) sostiene que el orgullo y la vergüenza constituyen las dos emociones sociales fundamentales, sirviendo ambas para informar al individuo sobre el estado en el que se encuentran sus vínculos sociales, ayudando a construirlos, conservarlos o repararlos. De tal modo, una situación en la cual los vínculos proporcionan seguridad y estima es detectada por la irrupción de una emoción de gozoso orgullo. En cambio, una situación en la cual los vínculos no son muy estables, o en la que, aun siendo sólidos, el individuo piensa que puede ser objeto de rechazo o minusvaloración por parte de sus vínculos, es detectada mediante la emergencia de una dolorosa emoción de vergüenza.
La energía emocional inherente al orgullo le confiere una poderosa capacidad de movilización sociopolítica, porque, como emoción social que es, se manifiesta en relación con un grupo de pertenencia (o de referencia) con el que hay una identidad colectiva compartida (Bericat, 2016). Con la Revolución francesa y la industrialización, dos nuevas configuraciones sociales (el Estado-nación y el movimiento obrero) promovieron la subsiguiente aparición de dos nuevas identidades colectivas, pero de carácter muy amplio, y así fue como empezó a hablarse de orgullo nacional (o patriótico) y de orgullo de clase, que se exteriorizan a través de actos sociales e individuales muy diversos. Sin embargo, el orgullo como instrumento protagonista de la comunicación política (y, por tanto, de la competición electoral) no empieza a cobrar relevancia hasta mediados del siglo XX, cuando surgen o cuajan nuevas identidades colectivas vinculadas a la defensa de los derechos civiles en Estados Unidos y a la irrupción de los nuevos movimientos sociales, particularmente el feminista y el LGTBI.

De hecho, Hobsbawm (1996) [1] advierte de que la literatura académica no empieza a conformar el actual concepto de identidad colectiva hasta las publicaciones seminales de Glazer y Moynihan (1964) y, una década más tarde, de Novak (1972). Según la misma fuente, se trata de dos trabajos militantes, más que académicos, con los que se asentaron las bases de las actuales políticas de identidad a partir de medidas de diferenciación y discriminación positiva, propiciando así la confrontación entre colectivos, reales o imaginados, que utilizan el orgullo no como afirmación de lo que se es, sino como afirmación de lo que no se es, es decir, subrayando lo distintivo y particular, en vez de lo común. Esta observación resulta coherente con el argumento propuesto por Graeber y Wengrow (2022) para explicar la enorme diversidad histórica de formas de organización social, confirmada tras una minuciosa y sistemática revisión del registro arqueológico acumulado en las últimas tres décadas. Según este análisis, la diversidad social ha respondido históricamente a proyectos conscientes de esquizogénesis cultural, o sea, a procesos de definición de la identidad colectiva propia a partir de la oposición mutua entre colectivos, amplificando pequeñas diferencias para distinguirse de sociedades cuyo modo de vida no se comparte.
Artículo
La izquierda y la política de la identidad
Eric Hobsbawm
Publicado en New left review, pp. 114-125. (2000). Ejemplar dedicado a: Pensamiento crítico contra la dominación.
Como instrumento de las políticas identitarias, el orgullo ha sido un recurso narrativo recurrente en las mitologías modernas de dos de los medios más representativos, transversales e influyentes en la construcción de los imaginarios sociales durante el siglo XX: el cine y el cómic (Frezza, 2019).
Subrayando y amplificando diferencias reales o imaginarias, puede concluirse que el orgullo es habitualmente un factor promotor de la división y de la polarización social, aunque también podría serlo de su opuesto (la unión de colectivos amplios o transversales). Que el orgullo suscite polarización o unidad dependerá en gran medida del uso que hagan de esta emoción social fundamental los colectivos identitarios. O, más habitualmente, de las estrategias políticas y electorales que desplieguen los partidos al utilizar las diferencias identitarias como recurso de la competición política y electoral.
Cualquier uso que un actor sociopolítico haga de las emociones sociales, y claramente del orgullo, puede encontrarse con consecuencias imprevistas o indeseadas. Por ejemplo, el Día del Orgullo LGTB consiste en una manifestación pública de una identidad colectiva mediante una afirmación positiva, alegre y desenfadada. Sin embargo, si su visibilidad es alta, puede ser percibido como una amenaza (o, al menos, una molestia) por parte de quienes no participan de ese colectivo o, más bien, de esa identidad. De manera que, aunque semejante celebración no tenga en ningún caso un propósito ofensivo, puede, sin embargo, ser interpretado como una intolerable exhibición de fuerza y superioridad por parte de otros colectivos que se sienten desmerecidos en sus normas, valores o costumbres (o en su menor visibilidad). En suma, cualquiera que sea la intención de quien sienta y exhiba orgullo, este suele provocar efectos reactivos que estimulan la polarización social y política. En consecuencia, se convierte en un recurso potencial para los actores sociopolíticos en su lucha por el poder y, de manera muy particular, se convierte en un recurso de los partidos y de los gobiernos para conseguir la aceptación de su agenda y para ganar elecciones. Ello conlleva el riesgo de poner en marcha un imparable bucle de batallas culturales caracterizadas por la división, el antagonismo y la polarización.

Dentro del esquema de análisis propuesto por Gil Calvo (2018) sobre comunicación política, el orgullo como emoción social es infundido a través de los actos de exhibición característicos de la política del amor. Verbigracia, los poderes establecidos se sirven de la organización de ceremonias, desfiles, procesiones, protocolos, investiduras, inauguraciones, campañas, mítines, congresos o ruedas de prensa, entre otras posibilidades. Los contrapoderes, por su parte, se sirven de fiestas, happenings, manifestaciones, desfiles, acampadas, así como de himnos y símbolos distintivos, incluyendo los emblemas y las pancartas. Pero incluso cuando estas exhibiciones afirmativas pueden albergar como propósito fundamental la unión interna, no están exentas de generar asimismo efectos reactivos, puesto que la afirmación del grupo es en sí una vindicación de lo diferencial, ya sea porque se persigue el respeto, el distanciamiento o la imposición de aquello que se exhibe. A la postre, la reiteración y proliferación de actos de exhibición de orgullo puede ser interpretada por terceros actores como una insoportable prueba de arrogancia y superioridad de quienes así se exhiben.
Notas
[1] Ver también: El siglo de Hobsbawm