Se define como un sentimiento que genera rechazo, aversión y distanciamiento hacia una persona, colectivo de personas, organización, y/o institución. Se trata de un sentimiento que puede movilizar para provocar la desestabilización del contrario e incluso dañarle. Apelar al odio como herramienta política se ha convertido en un recurso que ha tenido cierto éxito en las campañas electorales. Más aún cuando se trata de campañas que se desarrollan en contextos políticos polarizados.
Artículo
¿Qué es el odio? ¿Por qué está cerca de nosotros?
TheConversation.com
El uso del odio se ha propagado, sobre todo, en plataformas digitales tales como X (antes Twitter). Esta red social, caracterizada por su capacidad de marcar la agenda y ser un lugar de encuentro para la opinión pública, ha sido el epicentro de mensajes de odio, rechazo, intolerancia y discriminación hacia ciertos grupos vulnerables (Amores, Blanco-Herrero, Sánchez-Holgado y Frías-Vázquez, 2021). Como consecuencia, la red social X ha sido el medio por excelencia para la propagación y el éxito de discursos violentos que aumentan la polarización política (Herrero Izquierdo, Reguero Sanz, Berdón Prieto y Martín Jiménez, 2022).
Discurso de odio y daño real
Existen antecedentes históricos que demuestran que el discurso de odio precede a los crímenes atroces.
Al mismo tiempo, el odio que se impone en los debates públicos de la era digital, basados en estrategias de descrédito o descalificación, puede traducirse en una intensa división y en un fracaso de las herramientas de comunicación (Robles, Guevara, Casas-Mas y Gómez, 2022). La presencia del odio o de contenidos negativos en campaña implica un profundo enfrentamiento entre los principales partidos que participan en la contienda electoral, aumentando así los niveles de polarización afectiva e incrementando las reacciones de los públicos y los climas políticos tóxicos (Yu, Wojcieszak y Casas, 2021).
Discursos de odio
Este sentimiento empleado como estrategia de comunicación política tiene dos efectos de gran relevancia para las sociedades: fomentar la toxicidad en los mensajes públicos y debilitar las instituciones y, como consecuencia, la democracia (Gagliardone, Gal, Alves y Martínez, 2015). Esto lleva a la necesidad de distinguir entre aquellos afectos negativos que generan hostilidad política y que, al mismo tiempo, erosionan los pilares democráticos y los afectos que marcan la cultura política y la hacen compatible con sus democracias. Los primeros se encuentran vinculados a la segregación ideológica y al odio al contrario y tensionan y acorralan los principios democráticos y la cohesión social (Ramírez y Falak, 2023).