La palabra nostalgia proviene del griego clásico νόστος [nóstos], que significa «regreso», y de ἄλγος [álgos], «dolor». Acuñado por médicos suizos a finales del siglo XVII para describir la sensación de añoranza por el hogar que sentían los soldados, la nostalgia es un sentimiento de anhelo por volver a un pasado que se considera mejor. Sea por el lugar, el contexto o por las personas con las que se compartían esos recuerdos.
En los últimos años, la nostalgia tiene también efecto en la toma de decisiones políticas y en el voto, ya que ha resurgido como un fenómeno destacado en el actual contexto social de polarización. Una de las principales razones es la aceleración de los cambios sociales, económicos y tecnológicos, lo que crea inestabilidad y desconcierto. En este sentido, la nostalgia actúa como un ancla emocional, ofreciendo una conexión con un pasado más estable y predecible. Además, en un mundo caracterizado por la incertidumbre y la rápida evolución y cambios constantes, las personas sienten ansiedad por el futuro, y la nostalgia proporciona un refugio emocional al volver la mirada hacia un pasado más simple y seguro (o que es percibido como tal). Sobre ello, Boym (2010) indica que la nostalgia puede actuar como una fuerza tanto divisoria como unificadora, ya que puede jugar un papel importante en la resistencia al cambio, especialmente en momentos de transición rápida o incertidumbre, donde el pasado parece ofrecer un refugio seguro y una identidad clara en contraste con un presente fluctuante o un futuro incierto.
La percepción de un mejor pasado tiene que ver también con la percepción de un peor presente. Es el concepto de «declinismo», en referencia a la creencia en el declive de una sociedad, cultura, civilización, o sistema económico, considerando que este está en una trayectoria descendente irreversible. Este declinismo puede influir en la política y la formulación de políticas, ya que las percepciones de declive pueden motivar a los gobiernos y a las sociedades a tomar medidas correctivas o a adoptar enfoques más conservadores o proteccionistas. En algunos casos, la retórica del declinismo puede ser utilizada por líderes o movimientos políticos para galvanizar el apoyo, prometiendo restaurar la gloria pasada o revertir las tendencias negativas percibidas.
En este sentido, se habla de percepción porque no tiene por qué ser cierto que el pasado fuera mejor. Es el denominado sesgo de «retrospección idílica», un fenómeno psicológico que implica una tendencia a recordar y valorar el pasado de manera más positiva de lo que quizás fue en realidad. Las personas que experimentan este sesgo suelen recordar eventos pasados, períodos de tiempo, o experiencias con una luz nostálgica, enfocándose en los aspectos positivos y minimizando o ignorando los negativos. Es la idealización del pasado per se, como indicaba Halbwachs (1992). Tal vez no fuera mejor, pero así se recuerda.
Ante ese sesgo, sumado al declinismo, aparece una nostalgia que puede convertirse en una palanca sentimental esencialmente explotada por líderes y partidos de corte populista y nacionalista. La idealización del pasado y el deseo de recuperar una era dorada pueden motivar movimientos nacionalistas que buscan reafirmar la identidad nacional y cultural frente a la globalización y los cambios socioculturales. Esta misma nostalgia puede alimentar el nativismo, especialmente cuando el pasado idealizado se basa en una homogeneidad cultural o étnica que se percibe hoy amenazada por la inmigración y la diversidad. Como expresan Elgenius y Rydgren (2022), un mecanismo central en esta nostalgia es la yuxtaposición y comparación desfavorable entre un pasado glorioso idealizado, un presente en decadencia y la creación de un futuro utópico.
Artículo
Politics of Nostalgia and Populism: Evidence from Turkey
Ezgi Elçi
Publicado en British Journal of Political Science, 52(2), pp. 697-714. (2022)
Otro de los potenciales efectos políticos de la nostalgia es la creación de comunidades, ya que la globalización y los cambios culturales generan una sensación de pérdida de identidad y de valores tradicionales, y la nostalgia surge como respuesta a esa pérdida percibida. La creciente polarización política y social –y los partidos políticos a quienes interesa esa polarización– se vale precisamente de esa pérdida de identidad como elemento de comunicación, refiriéndose al pasado –y por ende a la nostalgia por ese pasado– para aglutinar comunidades y generar una percepción de conflicto entre «nosotros» (quienes vivíamos seguros y cómodos en el pasado, el nosotros auténtico) y «ellos» (quienes nos intentan arrebatar ese pasado idealizado, el ellos inmoral), con el fin de generar una división intergrupal entre el pueblo y las élites. La nostalgia fortalece la identidad social compartida y ayuda a mantener la identidad dentro del grupo durante tiempos de cambio, ruptura, colapso o amenaza (Elçi, 2022). En este contexto, la nostalgia puede ser utilizada políticamente para construir identidades compartidas, fortaleciendo la cohesión interna del grupo y distanciándose de otras, construyendo fronteras emocionales.
Por otro lado, con la nostalgia también se pueden buscar soluciones en el pasado para las problemáticas políticas y sociales de la actualidad. La desconfianza en las instituciones y en la capacidad del gobierno para abordar los problemas actuales contribuye a la búsqueda de soluciones anteriores. Existe una visión de la historia como de pérdida de lo que se tenía antes. De pasar de un pasado glorioso o cómodo a un presente de decadencia y pérdida. Es una visión de alejamiento constante de un pasado feliz o, al menos, que se recuerda mejor (Stauth y Turner, 1988). La nostalgia se convierte en una forma de resistencia a la transformación y una llamada a la restauración de valores percibidos como perdidos.
En este contexto, algunos partidos y candidatos/as ven en la nostalgia (sea de unas décadas o de unos siglos) un elemento de comunicación política con la que apelar a un gran nicho de votantes que están cansados, enfadados con el establishment (y el contexto que perciben como globalizado, sin futuro y sin identidad) y melancólicos de su pasado o del pasado de su país. Además, y tal como indica un estudio de Stefan Müller y Sven-Oliver Proksch (2023), los ciudadanos nostálgicos están menos satisfechos con el gobierno y es más probable que voten por partidos de derecha radical, que son también quienes más utilizan frases nostálgicas, según su análisis.
How Nostalgia became a potent political weapon | Hannah Rose Wood
Así, la nostalgia en un contexto de polarización social actúa como un mecanismo emocional que ofrece consuelo y seguridad en medio de la incertidumbre y el cambio, convirtiéndose en una herramienta política especialmente utilizada por movimientos populistas y nacionalistas que buscan aprovechar los sentimientos de pérdida y descontento en la sociedad. Hay ejemplos en diferentes eslóganes electorales que muestran la importancia que este elemento nostálgico tiene en las campañas electorales. Por ejemplo, el «haz América grande otra vez» utilizado por Trump en 2016, el «recuperemos el control» de los partidos a favor del Brexit ese mismo año, las apelaciones a la nostalgia del imperio otomano en Turquía, o del imperio húngaro de Orbán, del imperio español en Vox o de la potencia mundial que era Argentina hace 100 años, en palabras de Javier Milei.
