El miedo es una emoción básica del ser humano, caracterizada por una intensa sensación de alerta y angustia ante la percepción de un peligro, real o imaginario. Esta respuesta emocional tiene una función adaptativa fundamental, ya que prepara al organismo para enfrentar o huir de amenazas, asegurando su supervivencia (Andre, 2005).
Históricamente, el estudio del miedo se ha abordado desde diversas disciplinas, incluyendo la psicología, la neurociencia y la filosofía, entre otras. Las investigaciones en psicología evolutiva sugieren que el miedo es una emoción innata, que ha jugado un papel crucial en la evolución de las especies al favorecer mecanismos de defensa ante depredadores y peligros ambientales. En el campo de la neurociencia, se ha identificado que estructuras cerebrales como la amígdala juegan un rol esencial en la percepción y regulación del miedo. Sin embargo, en la psicología contemporánea, se estudia el miedo no solo en su dimensión biológica, sino también en lo referente a su construcción social y cultural, reconociendo que ciertos miedos pueden ser aprendidos a través de la experiencia o transmitidos por la cultura (Fernández-Abascal, Rodríguez, Sánchez, Díaz y Sánchez, 2010).
Robin (2010) plantea que el miedo político debería considerarse como una herramienta utilizada por las élites para controlar las resistencias de la sociedad. El miedo político puede adoptar dos formas: interna y externa. El miedo externo se crea con el objetivo de mantener la cohesión comunitaria frente a una amenaza o peligro percibido como ajeno a la comunidad, poniendo en riesgo el bienestar general. En cambio, el segundo tipo de miedo surge de las discrepancias dentro de las jerarquías sociales, donde cada grupo humano experimenta desigualdades de poder derivadas de las relaciones que los distinguen y les otorgan cierta identidad política (Korstanie, 2010).

En el ámbito de la comunicación política, se entiende que el miedo activa un proceso de búsqueda de información, mayor atención al entorno y a las noticias (Marcus, Neuman y MacKuen, 2011). Además, se asocia comúnmente con mensajes de continuidad (Crespo-Martínez, Garrido-Rubia y Rojo-Martínez, 2022). De ello cabe inferir que el miedo se suele utilizar como arma política en el marco de una estrategia electoral orientada a evitar un proceso de cambio.
Artículo
Fear as a Political Propaganda: A Study on Politics of Fear by Al Gore
Madan Prasad Baral
Publicado en Journal of NELTA Gandaki, 6(1-2), pp. 58-65. (2023)
En la mayoría de las campañas negativas que se desarrollan a partir del miedo, se construye previamente un contexto de competición que intensifica el enfrentamiento, el antagonismo, la exclusión y la polarización afectiva (Crespo-Martínez et al., 2022). En dichas campañas, bien con el objetivo de reforzar al votante propio y/o con el propósito de desmovilizar al votante contrario, se suele apelar a dos tipos de miedos diferentes. Por un lado, se encuentra el miedo permanente que es aquel que implica la preocupación por perder algo valioso que a su vez se asume como parte de la cotidianidad y afecta a nivel individual, como, por ejemplo, los servicios públicos del estado de bienestar (pensiones, sanidad, educación…). Por otro lado, estaría el miedo concreto, el cual alude a un evento generado por un individuo o una entidad que tiene repercusiones a nivel comunitario y representa un detrimento para el sistema. Por ejemplo, el anuncio de la margarita, también conocido como Daisy spot durante la campaña de Johnson en los Estados Unidos en 1964 (miedo a la catástrofe nuclear) o en España, años más tarde, concretamente en 1996, el vídeo electoral del dóberman del PSOE (miedo a la llegada de la derecha al poder).
Spot «Daisy» (1964)
Vídeo dóberman PSOE (1996)