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Ira

La palabra «ira» tiene su origen en el latín, donde «ira» es sinónimo de un sentimiento de enfado o enojo. De la palabra latina «ira» también proceden las palabras irritación o irritable.

La incertidumbre y la desconfianza hacia los gobiernos, la nostalgia hacia un pasado que se recuerda como mejor, la idea de que las cosas van peor y que en el futuro no van a mejorar generan en diferentes personas un sentimiento de ira hacia la política y hacia los políticos. Algunos partidos, especialmente los populistas, usan esa ira para aumentar la polarización y, a su vez, retroalimentar ese enfado, separando cada vez más a las comunidades.

Para entender la ira política y su papel en la polarización, deben considerarse diferentes aspectos. En primer lugar, la ira está estrechamente relacionada con la percepción de justicia y, en particular, de situaciones de injusticia que les afectan. Aristóteles afirmaba que la rabia puede tener éxito cuando tiene razones objetivas para existir y, más aún, como reafirma Sloterdijk (2017), cuando proviene de la indignación ante un ataque a algo que se siente como propio («la cólera no es un sentimiento primario, sino un sentimiento reactivo hacia el orgullo herido»).

Martha Nussbaum (2018) habla del potencial éxito político –y revolucionario– de la ira, siempre y cuando esa ira provenga del intento de restituir la injusticia. Su «injusticia». Cada contenido que reciben –y se creen, dentro de su burbuja– es una razón más para enfadarse y para movilizarse y difundirlo a más gente. La rabia puede permitir que se organicen y se movilicen por esa causa, y que lo hagan con más ímpetu que nunca (Peytibi, 2023). Utilizar la polarización ante una parte de sociedad airada es sencillo porque moviliza más, generando así mayor difusión y un voto más fiel. En este proceso la ira se convierte en un elemento de comunicación política.

La ira y su contrario: emociones en un proceso de reconcialiación | Marta Nussbaum

Créditos: Parque Explora (YouTube).

Por otra parte, la ira no es solo una emoción personal o una reacción transitoria sino un fenómeno social y político con un potencial transformador profundo. Lejos de ser un mero impedimento para el orden social, Sloterdijk (2017) ve la ira como una fuerza que, correctamente canalizada y administrada, puede contribuir significativamente al progreso y a la justicia social. La transición de la ira desde una forma individual e impulsiva hacia una forma de ira colectiva (lo cual denomina «bancos de ira») implica una racionalización y organización de esta emoción que opera con una perspectiva histórica superior e integra numerosas historias de venganza en una narrativa unificada. Esta organización de la ira permite transformar la energía emocional dispersa en fuerza política y social dirigida hacia el cambio, el impulso de revoluciones y transformaciones sociales y la justificación de ciertas acciones colectivas. La ira política, pues, no necesita ser curada, sino que es una potencial fuerza social transformadora.

La ira puede aumentar según el contexto social. Pankaj Mishra (2017), en su libro The Age of Anger, traza paralelismos entre el presente y el periodo de agitación que siguió a la Ilustración, cuando las promesas de libertad e igualdad se enfrentaron con la realidad de la industrialización, la desigualdad social y el imperialismo. Según Mishra, la ira y el resentimiento que brotaron en respuesta a estas tensiones no se han resuelto completamente y continúan influyendo en la política global. En períodos de cambio y de incertidumbre, la ira aumenta. Mishra cita la figura del «hombre superfluo», un concepto que describe a individuos educados pero descontentos, que se convierten en caldo de cultivo para la radicalización y la polarización, y que hoy en día son aquellos que se sienten traicionados por el sistema global.

Pankaj Mishra | Age of Anger

Créditos: VPRO Documental (YouTube).

De acuerdo con Webster, Connors y Sinclair (2022) la ira —y su efecto en las democracias actuales— no hace más que aumentar durante los últimos años. El público se encontraría cada vez más enojado, al tiempo que los políticos buscan provocar todavía más enojo. Se trata de influir en las interacciones y relaciones sociales de la ciudadanía. Si aumenta la ira, disminuyen las interacciones y podría aumentar la movilización y el voto fiel.

La relación entre la ira y la polarización también está relacionada con la manera de entender la política y la manera de hacer política. Cuando existe una conexión entre un estado emocional de enojo intenso es más sencillo correr el riesgo de adoptar posturas extremas o radicalizadas en cuestiones sociales, políticas o ideológicas. Así, la ira, como emoción visceral, puede influir en la forma en que las personas perciben y responden a eventos o situaciones que consideran injustas o amenazantes, y suele mostrar una mayor inclinación a seguir líderes o ideologías que refuercen sus propios sentimientos de ira.

Artículo

The Social Consequences of Political Anger

Steven W. Webster, Elizabeth C. Connors, y Betsy Sinclair

Publicado en The Journal of Politics, 84:3, pp. 1292-1305. (2022)

La ira política no es per se contraproducente ni negativa, sino que es, a menudo, la única manera de dar a conocer ciertos problemas. Cuando se canaliza hábilmente, la identificación y expresión de la ira no solo es epistémicamente productiva, sino que también puede ofrecer reconocimiento a formas de injusticia que a menudo pasan desapercibidas, o puede ser apropiado expresar enojo ante la opresión (Zembylas, 2023). Por lo tanto, y como sostiene Lyman (2004), la ira es «una emoción política indispensable, porque sin un discurso enojado el cuerpo político carecería de la voz de los impotentes que cuestionan la justicia del orden dominante«.

Finalmente, hay que entender la ira como un elemento de comunicación política que puede afectar a la hora de realizar una campaña electoral. En una campaña hay momentos de ira, especialmente en redes sociales, con ataques furibundos, pero no suele ser esta ira la que tiene efectos en el voto. Sobre ello, William Davies (2020) diferencia entre la ira rápida, que surge de manera automática y preconsciente, de manera reactiva, hasta un punto que potencialmente podría desembocar en violencia; y la ira lenta, que se acumula con el tiempo en respuesta a la injusticia percibida, generando potencialmente melancolía y resentimiento. En un contexto de polarización es más usual utilizar la segunda. Una ira que se acumula a largo plazo, unida a sentimientos arraigados de injusticia y resentimiento que no encuentran una expresión política adecuada en el corto plazo.

Artículo

El valor epistémico de la ira/rabia: De la ira psicologizada a la rabia politizada

D. Garcia-Dauder y G. Guzmán Martínez

Publicado en Teknokultura. Revista de Cultura Digital y Movimientos Sociales, 21(1), pp. 7-17. (2024)

Bibliografía/s

  • DAVIES, W. (2020): Anger Fast & Slow: Mediations of justice and violence in the Age of Populism. Global Discourse, 10(2-3): 169-185.
  • LYMAN, P. (2004): The Domestication of Anger: The Use and Abuse of Anger in Politics. European Journal of Social Theory, 7(2): 133-147.
  • MISHRA, P. (2017): Age of Anger: A History of the Present. Nueva York: Farrar, Strauss and Giroux.
  • NUSSBAUM, M. (2018): La ira y el perdón. Resentimiento, generosidad, justicia. México: Fondo de Cultura Económica.
  • PEYTIBI, X. (2020): Cuando despertó, el Trumpismo todavía estaba allí. Diario El País (12/11/2020).
  • SLOTERDIJK, P. (2017): Ira y tiempo, Ensayo psicopolítico. Madrid: Siruela.
  • WEBSTER, S., CONNORS, E.C. y SINCLAIR, B. (2022): The Social Consequences of Political Anger. The Journal of Politics, 84(3): 1292-1305.
  • ZEMBYLAS, M. (2023): Political anger, affective injustice, and civic education. Journal of Philosophy of Education, 57(6): 1176–1192.