La identidad política se refiere a aquella dimensión de la identidad social que se relaciona con el ámbito de lo político y los grupos sociales relacionados con él. Se refiere a cómo una persona percibe el mundo político, cómo entiende que se organiza la sociedad y cómo ve su propio rol en ella. La identidad política tiene que ver con las historias compartidas sobre «quién soy», «quiénes somos» y «quiénes son ellos» (Tilly, 2003). Comprender cómo los individuos y los grupos ven su propia identidad en relación con la política y con el Estado (gobierno y resto de instituciones que conforman la estructura política del mismo) es fundamental para el análisis de la cultura política y del sistema político de cualquier país. Los derechos y obligaciones políticas dependen de las categorías políticas que se establecen, lo cual a su vez implica afirmaciones sobre la identidad que se comparte a nivel colectivo (Tilly, 2003).
¿Qué es la identidad social? Teoría de la identidad social
Todas las personas tienen potencialmente muchas identidades derivadas de la pertenencia a diversos grupos sociales, pero pocas de ellas tienen consecuencias en la esfera política (Huddy, 2001). Es precisamente la capacidad de la identidad política para movilizar a los grupos sociales la que justifica su estudio por parte de los científicos sociales. La identidad puede segmentar a las personas en grupos similares y diferentes y esto puede provocar el conflicto, especialmente cuando la población de un Estado es heterogénea en lo que a identidades políticas se refiere (Brewer, 2001).
El origen de los partidos (Lipset y Rokkan)
Existen múltiples identidades políticas, pero en el ámbito académico, la atención se centró durante los años 80 y 90 principalmente en la identidad nacional, impulsora del desarrollo del Estado moderno nacional en Europa durante los siglos XIX y XX, y en el resto del mundo durante el periodo de descolonización del siglo XX. También se ha estudiado, especialmente por los interesados en los procesos electorales, la identidad partidista, vinculada a los partidos políticos (destacan en este ámbito los autores de la Escuela de Michigan y su conocido estudio publicado en 1960 The American Voter) y la identidad ligada a una ideología política. En los últimos años, el surgimiento de las llamadas políticas de la identidad ha centrado la atención en otros aspectos de la identidad (raza, etnia, género, orientación sexual, entre otros) que han sido la base para la movilización política en las sociedades occidentales.
Nación e ideología
La historia de los movimientos nacionalistas y su vínculo con la modernidad ha sido un foco de interés para historiadores, antropólogos, politólogos y sociólogos durante décadas. En las reflexiones de muchos de estos autores aparece, como elemento diferenciador de la nación, la identificación de sus miembros con ella; sin esa identificación la existencia misma de la nación sería imposible. Por ejemplo, una de las definiciones más conocidas de la nación se debe a Benedict Anderson (1983), quien la define como una comunidad política imaginada; imaginada como limitada y soberana. La nación es una comunidad porque siempre se concibe como una camaradería profunda y horizontal. Es imaginada porque los miembros de una nación no conocerán nunca a la mayoría de sus connacionales, pero en sus mentes vive la imagen de su comunión. Por su parte, Hobsbawm (1990) enfatiza que la nación moderna difiere en tamaño, escala y naturaleza de las comunidades con las que los hombres se han identificado la mayor parte de la historia, y le hace demandas diferentes. Las naciones tienen como nueva función social legitimar el poder político centralizado. Las historias nacionalistas se parecen mucho unas a otras en todas las partes del mundo, porque hablan de una cultura compartida, una tradición duradera, un origen geográfico común y una distinción de los otros que es lo que hace distinguible a la nación (Tilly, 2003).
Otra de las identidades políticas que ha recibido especial atención es la que se asocia con la ideología. El propio concepto de ideología la vincula al rol que tienen los grupos sociales en la misma, como por ejemplo es el caso de Denzau y North (2000), quienes definen las ideologías como los marcos compartidos de modelos mentales que poseen los grupos y que proporcionan una interpretación del entorno social y de cómo dicho entorno debe ser estructurado. Desde la Revolución Francesa las opiniones ideológicas se han clasificado a menudo en términos de derecha-izquierda, aunque también está muy extendida la clasificación (especialmente en Estados Unidos) que sustituye izquierda por liberal y derecha por conservador, una terminología relacionada con las preferencias por el cambio o por la estabilidad. Ambas distinciones contienen dos aspectos interrelacionados: defender o resistir el cambio social y combatir o defender la desigualdad (Jost, Federico y Napier, 2009). La autoubicación ideológica, indicador que se suele utilizar en las encuestas para conocer la ideología del sujeto entrevistado, suele mostrar una fuerte correlación con el voto en las elecciones.
¿Qué son las ideologías políticas?
Las políticas de la identidad
A partir de los años 80, de manera pionera en Estados Unidos y expandiéndose después por el resto del planeta, se ha asistido a la aparición y consolidación de lo que se ha denominado desde el ámbito académico políticas de la identidad. Con este concepto se describe el fenómeno del auge de los llamados «nuevos movimientos sociales» que realizan demandas vinculadas al reconocimiento y el respeto, como pueden ser los movimientos feministas, de minorías religiosas, nacionales o étnicas, o los movimientos en favor de gays y lesbianas, así como de otras minorías sexuales (Taylor, 1994). Estos movimientos se alejan de las reivindicaciones de movimientos anteriores (principalmente los vinculados a las clases sociales), más enfocados al problema de la distribución de la riqueza (Huddy, 2002).
La aparición de esta política de la identidad se relaciona con la posmodernidad y su crítica a los metarrelatos e ideologías que caracterizaron a la modernidad (Águila y Vallespín, 2006). Se produce así un importante cambio en los perfiles de la política que se fundan en reivindicaciones más específicas y dispersas, en contraste con las ideologías globalizadoras de épocas anteriores. De este modo, se reivindican nuevas libertades y una nueva y más extensa pluralidad. La pertenencia a ciertos grupos sociales, que hasta entonces no había implicado una movilización política, pasa a convertirse en un factor políticamente crucial y que conlleva una movilización política y una acción colectiva (ibid., 2006).
Construcción de la identidad
Resulta útil en este contexto la distinción que hace Castells (1998: 30) entre tres formas y orígenes de la construcción de la identidad: la identidad legitimadora («introducida por las instituciones dominantes de la sociedad para extender y racionalizar su dominación frente a los actores sociales»), la identidad de resistencia («generada por aquellos actores que se encuentran en posiciones/condiciones devaluadas o estigmatizadas») y la identidad proyecto («cuando los actores sociales, basándose en los materiales culturales de que disponen, construyen una nueva identidad que redefine su posición en la sociedad y, al hacerlo, buscan la transformación de toda la estructura social»). Son precisamente estas dos últimas las que recientemente han repolitizado el espacio político, cambiando los términos de la práctica política (Águila y Vallespín, 2006).
Políticas de identidad: activación de las reivindicaciones identitarias
La política de la identidad puede llevar a una mayor conflictividad social si la identidad es definida en términos excluyentes y estables, y demanda una lealtad y un compromiso que supera a la identidad compartida con el grupo más amplio.