Los estereotipos partidistas son imágenes o ideas resultantes de creencias generalizadas y simplificadas sobre los miembros y los simpatizantes de un partido político. Estos estereotipos pueden incluir connotaciones positivas o negativas, y se inspiran en sesgos sobre la ideología del partido, la base de votantes o las características de sus líderes.
El debate social y académico sobre los estereotipos en la opinión pública fue iniciado por Walter Lippmann (1992) en 1922 con el lanzamiento de la primera edición de su libro Public Opinion, en el que relaciona los estereotipos con verdades parciales y falsos ideales relativos a los asuntos públicos. En palabras de Amossy y Herschberg Pierrot (2020: 32), los estereotipos serían «representaciones cristalizadas, esquemas culturales preexistentes, a través de los cuales uno filtra la realidad del entorno». Los estereotipos nos ayudarían, por tanto, a simplificar las realidades que nos rodean y a hacer más fáciles de comprender las situaciones en las que nos encontramos en diferentes momentos.
En el ámbito político, Rico (2009: 95) sostiene que los estereotipos son asociaciones conceptuales que determinan la recogida y la memorización de la información, facilitando su interpretación, al mismo tiempo que condicionan las expectativas y las inferencias que se realizan sobre los sujetos estereotipados. Los estereotipos son, por tanto, atajos mentales que facilitan alcanzar con poco esfuerzo una idea aproximada sobre una persona en diversas facetas de su vida a partir de la información de la que disponemos, en este caso su identidad partidista (Hurwitz, 1984). Por ejemplo, en la España de 2024, de una persona cercana a Vox se supondría que le gustarían actividades como las corridas de toros o la caza mientras que de una simpatizante de Podemos se asumiría que se mueve en círculos culturales alternativos y que le gusta un estilo musical tal como como el trap. Estos prejuicios se reflejan también en elementos como la vestimenta y otros hábitos sociales y de consumo, a partir de la información limitada de la que se dispone sobre el colectivo en cuestión. Es más fácil imaginar a una persona de derechas conduciendo un vehículo de lujo de alta cilindrada que utilizando un patinete eléctrico. En cambio, a una persona de izquierdas, de forma intuitiva, más probablemente se le podría imaginar utilizando un vehículo menos contaminante o el transporte público en su lugar. Esto se debe también a que extrapolamos las actitudes políticas conocidas de esas personas a otros aspectos de su vida tanto pública como personal.
Existen estudios que indican que estereotipar a otros es una forma de ejercer el control sobre los mismos, afectando a las relaciones de poder que se producen entre grupos (Fiske, 1993). Dado que las personas estereotipadas no pueden ejercer un dominio completo sobre su propia imagen ni sobre su reputación, pueden verse fácilmente perjudicadas por este comportamiento humano. Esto, en sociedades altamente polarizadas, puede alimentar la desinformación, así como las batallas culturales y las brechas perceptivas entre los diferentes bloques partidistas (Rojo, Crespo y Mora, 2023).
