La despolarización es el proceso de reversión en la tendencia hacia la confrontación política y el aumento de la polarización afectiva que se ha desarrollado en las democracias occidentales en la última década.
Tipping point
El problema con los procesos de polarización ideológica y polarización afectiva es que pueden llegar a alcanzar un punto de no retorno (tipping point) que los convierta en irreversibles (Macy et al., 2021). Algunos estudios han apuntado que la polarización aumenta incrementalmente pero solo hasta cierto punto y, a partir del mismo, hay una transformación o cambio cualitativo, similar a la conversión del agua a vapor cuando se alcanza una temperatura que supera el punto de ebullición. Otra analogía de estos procesos los puede asimilar a los de la fusión de un reactor nuclear cuando la temperatura alcanza niveles críticos y la reacción resulta imposible de detener. Los técnicos nucleares pueden reducir la temperatura del núcleo si aumentan el flujo de agua para refrigerar el reactor y algo similar pueden hacer los votantes para bajar la temperatura política antes de que se eleve hasta niveles incontrolables.
Este punto de no retorno en el nivel de polarización implicaría, en aquellas democracias que lo alcancen, que no se puedan agrupar o unir ni siquiera en casos de grandes conmociones, como una guerra, una pandemia o un ataque terrorista.
«Are Partisan Media Dividing Us?», Matt Levendusky
Enfoques sobre la despolarización
Los estudios sobre despolarización se concentran en proponer diferentes vías para reducir los procesos de polarización afectiva en los que se encuentran inmersas distintas democracias y suelen orientarse, generalmente, en dos direcciones.
Una perspectiva es la dirigida a debilitar el partidismo como una identidad social. Desde este enfoque se han formulado una variedad de propuestas dirigidas, primordialmente, a aumentar la heterogeneidad social de los seguidores y simpatizantes de los distintos partidos. Este aumento de la heterogeneidad social de los partidiarios y el debilitamiento de la identidadades partidistas como identidades sociales se puede conseguir por distintas vías.
En primer lugar, algunos expertos proponen potenciar la multidimensionalidad de la competición política con el objetivo de que los temas de campaña no se agrupen o tiendan a converger en una sola dimensión (Kawakatsu, Lelkes, Levin y Tarnita, 2021).
Este cambio desde la unidimensionalidad a la multidimensionalidad implica, en segundo lugar, a las élites políticas. En este sentido, el debate es cómo inducir a los líderes partidistas a un cambio de forma que se pueda reorientar el debate y la discusión en el espacio público. El problema es la falta de incentivos para un cambio en las élites que les obligue a bajar el nivel de confrontación.
Esta transformación en el debate es difícil dado el cálculo a corto plazo de los líderes políticos, por lo que otros expertos consideran que más que un cambio enlas élites, sería más adecuado un cambio de las élites como consecuencia de que los votantes rechacen y den la espalda a los líderes polarizadores.
En tercer lugar, se ha sugerido que el desarrollo de políticas públicas y la provisión de servicios públicos tendentes a la redistribución de la riqueza, a la reducción de la desigualdad social y a la disminución de la exclusión y de la segregación social pueden contribuir a desalinear el conflicto a través de una mayor diferenciación de intereses ente los seguidores de los distintos partidos.
Una segunda perspectiva se ha desarrollado a partir de las teorías del contacto intergrupal. Por un lado, este enfoque incide en la necesidad de una mayor interacción entre los distintos grupos de partidarios con el propósito de que intercambien información y puedan resolver equívocos y malentendidos respecto a las auténticas posiciones sobre distintos temas de los partidos opuestos (Wojcieszak y Warner, 2020; Baron et al., 2021; Levendusky y Stecula, 2021). En este sentido, la deliberación podría ser un «antídoto» para limitar la polarización política extrema (Fishkin, Siu, Diamond y Bradburn, 2021). Una de los libros más recientes que defienden esta perspectiva, Our Common Bonds. Using What Americans Share to Help Bridge the Partisan Divide (2023), se presenta en el siguiente enlace.
«We Need to Talk: Affective Polarization and Discussion”
En esta misma dirección se han propuesto actividades de movilización durante las campañas electorales orientadas al encuentro y al diálogo entre adversarios que permitan reducir la animadversión existente entre ellos al poder individualizar y humanizar a los rivales e intentar persuadirles de sus propias posiciones políticas (Kalla y Broockman, 2022).
Artículo
A Republican and a Democrat Sit Across From Each Other. There’s No Punchline
The New York Times (nytimes.com)
Por otro lado, estas teorías subrayan que la empatía interpartidista, entendida como el esfuerzo por entender la posición de los partidarios de otras fuerzas políticas puede contribuir al consenso y a limitar la animosidad partidista. Estudios recientes (Santos, Voelkel, Willer y Zaki, 2022) muestan que las personas que mostraban más empatía entre partidos son más propensas tanto a desarrollar relaciones de amistad con personas de partidos diferentes como a interesarse por la cooperción interpartidista. En algunos de estos experimentos se empareja a republicanos y demócratas a través de videollamadas y se les plantean distintas cuestiones: cómo sería un día perfecto para ellos, por ejemplo, en lugar de discutir acerca de un tema político conflictivo como por qué te gusta tu partido y por qué odias al otro. En estos experimentos el debate se produce bien sin conocer la identidad política del interlocutor o bien conociendo su identidad para medir las diferencias.
Este tipo de intervenciones pueden tener, además, diferentes consecuencias además de modificar los sentimientos hacia los adversarios, especialmente en relación con la reducción de las actitudes políticas antidemocráticas.
Recientes estudios experimentales han confirmado que intervenciones de despolarización como el desarrollo de amistades interpartidistas, las interacciones moderadas entre líderes o la corrección de percepciones erróneas de las posiciones de los extrapartidarios han sido capaces de reducir la polarización afectiva, aunque no tienen el mismo impacto sobre una disminución del apoyo a candidatos antidemocráticos, el apoyo a la violencia partidista o el predominio de los fines partidarios sobre la defensa de las instituciones democráticas (Voelkel et al., 2022). Este tipo de estudios, por tanto, han comenzado a cuestionar el supuesto efecto causal de la polarización afectiva sobre las actitudes antidemocráticas.
WEBINAR: Depolarization & Bridge Building: How to Communicate in a Polarized Society