Se denomina de esta forma a la defensa de ideas y principios que se conciben como convenientes o amenazados. Las «batallas culturales» suelen darse en torno a temas como la promoción del feminismo, el movimiento LGTBI, el aborto, la eutanasia, entre otros.
El uso contemporáneo de la expresión «batalla cultural» se consolidó sobre todo a partir de la publicación de Guerras culturales. La lucha por definir a los Estados Unidos, del sociólogo norteamericano James Davison Hunter , en 1991. Para Hunter, la vida pública norteamericana ya se veía polarizada en ese entonces por dos sistemas ideológicos: el progresismo versus la ortodoxia.
La idea de «batalla cultural» se diferencia de la noción de «batalla política» o, simplemente, de «batalla», en el sentido literal de enfrentamiento bélico, y, en cambio, connota que la pugna más relevante es la que se da en el campo simbólico, y que esta luego se concreta en políticas sociales y económicas.
Why cultural and political divides in the U.S. seem to be getting worse
Origen e historia
La expresión apareció originalmente en alemán como «kulturkampf» , con la que se denominó, entre 1871 y 1878, la persecución del canciller del Segundo Reich, Otto Von Bismarck, a la Iglesia Católica y al partido católico Zentrum, al que Bismarck veía como una amenaza para el partido nacional-liberal (Longares Alonso, 1981). La kulturkampf tuvo dos estrategias: la legislación anticatólica, como el control escolar por parte del Gobierno, y el apoyo a los católicos que se habían separado de la Iglesia ante la declaración del dogma de infalibilidad pontificia, los llamados «viejo-católicos».
Más adelante, Bismarck buscará imponer leyes aún más adversas para la Iglesia romana, como el control de la educación del clero y la injerencia en el nombramiento de autoridades eclesiales. El conflicto finalmente se apacigua con la muerte del Papa Pío IX y con la estrategia de Bismarck de oponerse ahora a socialistas y liberales.
A menudo, el término «batalla cultural» también se relaciona con la visión gramsciana de la cultura. Cerca de una corriente hegeliana de la historia, Antonio Gramsci explicaba que «toda revolución ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeación de ideas» (Gramsci, 2017: 17). El ejemplo que utilizó Gramsci para graficar su tesis fue la Revolución Francesa: «(…) Napoleón encontró el camino allanado ‘por un ejército invisible de libros, de opúsculos, derramados desde París a partir de la primera mitad del siglo XVIII» (Gramsci, 2017: 18).
Si en la óptica hegeliana la cultura era la encarnación del espíritu de época, y si el materialismo histórico, luego, en cambio, había concebido a la cultura como un reflejo de las relaciones de producción, Gramsci invierte este último razonamiento: la cultura, que es reflejo del espíritu de la época, es la que verdaderamente determina la base.
El término «batalla cultural» parece también cercano, al menos en tanto construcción semántica, a las nociones de «revolución cultural» y «contracultura». En estos casos, el término «cultura» parece calificar procesos de enfrentamiento, como son «batalla», «revolución» y el prefijo «contra».
En el primer caso, se comprende por «revolución cultural» el período de cambios ocurrido en la República Popular China bajo el liderazgo de Mao Zedong, entre 1966 y 1976. En el segundo caso, el término «contracultura» surgió en la década de 1960, e incluye grupos como los «hippies», entre otros, que buscaban alternativas políticas, sociales y culturales diversas a las de la cultura dominante (Roszak,1969).
Uso actual del término
En 1991, Hunter propuso que la noción de «cultural wars» implicaba un esfuerzo por imponer un «ethos moral» (ibid., 1991: 42). De esta forma, ortodoxos y progresistas se enfrentaban en diversos ámbitos, como la familia, el arte, la educación, la legislación y la política, justamente para establecer estándares sobre qué era aceptable y qué no. Mientras que los grupos conservadores proponían una moralidad basada en la «trascendencia» de una autoridad «externa» y «definible», los progresistas se basaban en una idea de autoridad basada en un «espíritu moderno, racionalista y subjetivo» (1991: 44).
Para Fiorina (2005), la idea de batalla cultural fue en gran medida impulsada por la política y los medios de comunicación norteamericanos. Fiorina sostiene que las batallas culturales son en realidad un «mito» contemporáneo en los Estados Unidos, basado en sesgos noticiosos y en antagonismos en torno a la sexualidad, la moral y la religión, que no se fundamentan en datos corroborados.
En ese sentido, Thomson (2010) coincide en que la imagen de polarización que implica la idea de guerra cultural deja afuera a la mayoría de la población, que no se encuentra ni en la élite ortodoxa ni en la progresista.
Actualmente, en el ámbito hispanoamericano, la noción de «batalla cultural» suele utilizarse por parte de grupos conservadores, que denuncian un statu quo opresivo, impulsado por ideologías de cariz progresista (Laje Arrigoni, 2022). Con este sentido, «batalla cultural» es un tópico común en el debate de redes sociales acerca de temas como políticas ambientales, derechos LGTBI, aborto y eutanasia, entre otros. Sin embargo, aunque en menor medida, la construcción es también utilizada desde la izquierda con una connotación algo diversa. Para este último planteo, la cultura debe hacer frente al capitalismo dominante: «Es en ese relato donde actúan los leviatanes de la cultura (…). No se vislumbra, salvo cuando el hombre se entrega a la lucha, a los cantos de la plaza, a la guerrilla individual de las ideas, que haya salida» (Morales , 2021).
Según el escritor Juan Manuel de Prada (2021), la expresión suele usarse actualmente para calificar el enfrentamiento entre derecha e izquierda, enfrentamiento que para el autor carece de sentido por partir de un suelo común liberal: «Del mismo modo que (…) la izquierda utiliza a los inmigrantes, a las feministas o a los ecologistas como ‘sujetos revolucionarios’, los adalides de (…) la batalla cultural utiliza al movimiento provida o a las clases medias depauperadas». De Prada concluye que la única «batalla cultural» posible se encuentra en el «pensamiento tradicional».
Valoración filosófica y discursiva
La noción de cultura en la que se enraíza la construcción «batalla cultural» parece más bien antropológica, también cercana a la definición de Williams (1981: 13) en el marco de los estudios culturales y de la llamada «nueva izquierda», en tanto la cultura es un «sistema significante» que incide en la realidad social. En cambio no implica, o al menos no solamente, nociones específicas de cultura ligadas a las artes.
La noción de «batalla cultural» resulta en general inmanente e instrumental, en el sentido de que el valor concedido a lo cultural se establece exclusivamente por su influencia en políticas y hechos sociales. El bien trascendental intrínseco de la cultura a menudo permanece fuera del alcance de esta expresión.
Cuando se la utiliza en discursos antiprogresistas, la debilidad semántica de esta construcción consiste, entonces, en que su idea de lo cultural es más cercana a marcos teóricos de origen materialista y dialéctico.
Desde el punto de vista discursivo, la construcción «batalla cultural» es metafórica, en tanto el sustantivo batalla es adjetivado y de esa manera se asocia el campo semántico bélico a otro campo, el cultural o simbólico, del que toma características diversas.