Se define como un proceso psicosocial de antipatía hacia ciertas relaciones sociales, en el que la interacción, que presupone la comunicación verbal y no verbal, queda conscientemente en suspenso. El grado de severidad o crispación puede depender del nivel de conocimiento y compromiso previos, siendo este corte más contundente en las relaciones sociales, donde existe un mayor grado de frecuencia y compenetración que en los llamados contactos sociales (de carácter más esporádicos). El proceso de aversión a la interacción puede traducirse en un claro desajuste entre los individuos, teniendo en cuenta sus motivaciones, normas y creencias (Argyle, 1969).
En un marco de polarización, la aversión a la interacción implica la existencia de actitudes deliberadas de rechazo al contacto con terceros por la pertenencia de estos a grupos políticos contrincantes. Es necesario destacar que la mirada politológica del término excluye expresamente el análisis propio de la psicología referida a los trastornos del comportamiento que muestran una incapacidad por parte del individuo para interactuar y tratar con los demás en el espacio público, lo que es muy característico de los agorafóbicos. Este concepto viene prefijado por la idea de ágora, epicentro de la vida comunitaria y del ejercicio de la actividad política en la Antigua Grecia.
La interacción social
La aversión a la interacción es una cuestión que ha ocupado un lugar secundario en el debate constitutivo de las ciencias sociales, entendida como una disfunción atípica en los procesos de acción social. Los esfuerzos más significativos se centraron en entender la interacción como un concepto central para definir la sociedad. Simmel (2002), uno de los fundadores del pensamiento sociológico, fue pionero en considerar que son los individuos en interacción los que constituyen la sociedad, atribuyendo un fuerte significado a los patrones de comportamiento cotidianos para contribuir decisivamente al desarrollo de la sociología de la vida cotidiana. Esto abrió el camino a diferentes postulados teóricos que consideraban el estudio de las relaciones sociales desde la perspectiva microsocial, frente a las lógicas iniciales más estructurales y abstractas de dar sentido a los procesos de interacción. La primera aportación significativa se produjo en la década de 1920 en la Escuela de Chicago, donde floreció el interaccionismo simbólico.
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Acerca del Interaccionismo Simbólico
Esta corriente hacía hincapié en la importancia de descodificar los significados y símbolos utilizados por las personas para interactuar y producir relaciones. Erving Goffman (1959) perfeccionó esta idea en los años 50 con su teoría dramatúrgica. Subrayó la necesidad de considerar las relaciones con los demás como un proceso de escenificación en el que desempeñamos distintos papeles según la posición que ocupemos en el momento del acto relacional. Cuando el marco de expectativas no se cumple en el proceso de relación social, desviándose de la norma, se produce un marco de estigmatización que conduce a una aversión al proceso de interacción y al sentido del otro. Esta fue una contribución importante a la hora de considerar las explicaciones del fenómeno del distanciamiento social.
Otras dos corrientes contribuyeron a la comprensión de la interacción social a partir de los años sesenta: la fenomenología (donde el sentido de aprender a estar en sociedad es un proceso constitutivo a través de mi relación con los demás, es decir, intersubjetivamente) y la etnometodología (centrada en el estudio de los métodos utilizados por las personas para interactuar socialmente y conformar códigos rectores de las relaciones sociales).
Qué es la aproximación etnometodológica
Dentro de los estudios pioneros sobre dinámica de grupos, la contribución más sustancial a la comprensión del nexo empatía/aversión social la realizaron Lazarsfeld y Merton (1954) al acuñar el concepto de homofilia, que podemos traducir como un proceso de afiliación de los actores sociales a grupos con características sociodemográficas similares y valores/creencias compatibles. Este mecanismo crea una voluntad de reforzar los lazos de cohesión social dentro del grupo, debido al efecto de autocategorización, que implica reforzar los valores predominantes de la identidad grupal en contraste con las características distintivas de los exogrupos, potenciando la construcción de una «socialidad electiva» (Maffesoli, 2000). Esta formulación parece cobrar especial relevancia al analizar la formación de las identidades políticas y las posiciones ideológicas/partidistas, donde la animosidad crece a medida que las diferencias entre las distintas concepciones se hacen más evidentes. Los sentimientos de negatividad tienden a anular el mero desacuerdo (Iyengar et al., 2012), y la polarización afectiva contribuye a aumentar el distanciamiento social activo entre las partes en discrepancia.
«State of the field» de Shanto Iyengar
La brecha social crece a medida que se movilizan bloques cada vez más homogéneos, donde los individuos tienden a cambiar sus posiciones sobre los temas en disputa para alinearse con posiciones institucionales/partidarias ya establecidas y consolidadas, fenómeno que ha sido categorizado como partisan sorting (Mason, 2015). Estas lógicas de fuerte identificación identitaria contribuyen a una creciente radicalización de las posiciones, impulsando una mayor agresividad discursiva que contribuye al dinamismo del debate público, donde la base de la acción dialógica no es construir un debate que discuta diferentes puntos de vista, sino construir monólogos centrados en desestimar argumentos divergentes. La hostilidad permanente tiende a fomentar la falta de disposición al diálogo, contribuyendo fuertemente a cimentar una creciente aversión al proceso de interacción entre los bloques.
Comunicación disociativa
Los cambios en los procesos de interacción han cobrado especial relevancia con la expansión y comprensión del proceso de mediación, un aspecto central para entender las sociedades contemporáneas. El sociólogo John B. Thompson (2007) ha caracterizado claramente estos cambios creando una tipología de la interacción, mostrando las diferencias entre la interacción cara a cara (en persona), la interacción mediática (una relación mediada) y la interacción cuasimediática (resultado de una comunicación masificada). Asumiendo que todas ellas coexisten, el aumento de las interacciones digitales ha terminado por moldear un nuevo marco de acción comunicativa, debido a la omnipresencia de los dispositivos digitales como instrumentos definitorios de la acción cotidiana. La idea de un otro mediado cara a cara, teniendo en cuenta los intensos flujos relacionales potenciados por la digitalización, dictó un modelo de sociedad «infocrática» (Han, 2022). Se da una producción comunicativa saturada que acelera los tiempos de respuesta y toma de decisiones. El nexo participativo que responde a este escenario ya no se ajusta al concepto de racionalidad comunicativa propuesto por Habermas (1988); el espacio público está ahora permeado por una discursividad afectiva que moldea la contingencia de un sistema. Los argumentos emocionales guían la discursividad continua de la red y son claramente una fuente de tensión y polarización creciente en comparación con las relaciones cara a cara, abriendo una nueva configuración de las normas éticas de interacción. El aumento de los niveles de agresividad y confrontación digital, salvaguardados por la lógica del anonimato, abre una brecha relacional entre quienes discrepan. La aversión a la interacción resulta de la negación de querer escuchar al otro, ya sea por profundo desacuerdo o como proceso de salvaguarda de un entorno beligerante. Las redes sociales fomentan un efecto de cámara de eco, creando un entorno en el que se reafirman los valores compartidos e intensificando un fuerte sentimiento de pertenencia al grupo frente a los valores dominantes de las identidades divergentes.