El antagonismo puede definirse como un estado de rivalidad entre colectividades, personas o sistemas; oposición mutua o incluso incompatibilidad. Cuando el antagonismo se convierte en un sello distintivo del proceso político, se produce un debilitamiento de la política entendida como el propósito de la «resolución no violenta de conflictos» (Schmitter, 1965).
El concepto de antagonismo en política está fuertemente asociado a la idea de conflicto político inherente a las sociedades pluralistas. Autores como Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, especialmente en Hegemonía y estrategia socialista (1985), sostienen que el antagonismo es una condición constitutiva de lo político. Para ellos, la sociedad está atravesada por diferencias irreconciliables y relaciones de poder que no pueden resolverse plenamente mediante el consenso. Así, el antagonismo representa la presencia del «otro» como amenaza a la identidad de un grupo, poniendo de relieve los límites del proyecto de una racionalidad política universal.
Además de la perspectiva posmarxista de Laclau y Mouffe, el concepto de antagonismo también hunde sus raíces en la tradición clásica de la teoría política, especialmente en la obra de Carl Schmitt. Schmitt (2007) define lo político a partir de la distinción amigo/enemigo, que para él representa el grado máximo de intensidad de una relación antagónica. Para Schmitt, todo verdaderoconflicto político es existencial y no puede reducirse a meras diferencias económicas o culturales o a convicciones morales. Su concepto enfatiza la inevitabilidad del antagonismo como motor de la política, rechazando la idea liberal de que la política puede ser totalmente pacificada o mediada por procedimientos neutrales.
Por otra parte, autores vinculados a la tradición liberal y deliberativa, como John Rawls y Jürgen Habermas, tienden a minimizar o intentar superar el antagonismo político. Rawls (1971) propone principios de justicia que podrían ser racionalmente aceptados por ciudadanos libres e iguales, enfatizando el consenso como base de la legitimidad política. Habermas (1992) desarrolla la teoría del discurso, según la cual el entendimiento mutuo puede alcanzarse mediante la argumentación racional en contextos ideales de comunicación. Estos autores consideran que, aunque existan conflictos, es posible transformarlos en desacuerdos razonables que pueden resolverse mediante la deliberación pública, a diferencia de la visión más agonista o existencialista del antagonismo.
Esta tensión entre las teorías que valorizan el conflicto y las que buscan apaciguarlo ayuda a iluminar las diferentes concepciones de la democracia y los límites del consenso en contextos marcados por la diversidad, el conflicto, la crispación y el disenso estructural.
Antagonismo en el ámbito electoral
El antagonismo político se refiere a la polarización y el conflicto entre diferentes grupos políticos durante el proceso electoral. Este antagonismo puede manifestarse en los discursos, las estrategias de campaña, el comportamiento de los votantes e incluso en la estructura institucional de las elecciones. A menudo se asocia con la intensificación de las divisiones ideológicas, sociales y económicas (Silva y Telles, 2022).
La literatura sobre comportamiento electoral destaca que el antagonismo puede influir significativamente en las decisiones de voto, reforzando las identificaciones con candidatos, partidos o propuestas políticas, haciendo que el voto sea más emocional y menos racional (Sambo, 2021; Silva, 2023; Silva y Telles, 2025).
Aunque el antagonismo es parte natural de la política democrática, su intensificación puede comprometer el diálogo y la deliberación pública. La literatura señala que el desafío reside en transformar los antagonismos en agonismos, es decir, en disputas legítimas entre adversarios, y no entre enemigos irreconciliables (Mouffe, 2000), produciendo un enfriamiento de los antagonismos.
Social Identity Theory: The Science of «Us vs. Them»
Según Carl Schmitt (2007), el antagonismo es constitutivo de la política, y el enemigo es aquel cuya existencia amenaza la identidad del grupo. Esta visión radicaliza el conflicto, haciéndolo existencial y a menudo incompatible con la convivencia democrática. Es como un tira y afloja en el que, para ganar, hay que hacerlo sin derribar al enemigo o tirándolo completamente al suelo.

Cuando el antagonismo rebasa los límites del agonismo y convierte a los adversarios en enemigos, la política deja de ser un espacio de deliberación y se convierte en un campo de guerra, cuyo objetivo es eliminar por completo al enemigo. Esto compromete la legitimidad de las instituciones democráticas, la posibilidad de diálogo y negociación, y la pluralidad y el respeto a la diferencia.
Este proceso es visible en contextos de polarización extrema, en algunos escenarios electorales contemporáneos, donde el discurso político suele deshumanizar al otro bando. La transformación del adversario en enemigo destruye este espacio, sustituyendo el debate por la violencia (Arendt, 1958). Como afirma Sambo (2021), «cuando el antagonismo se convierte en un sello distintivo del proceso político, se produce un debilitamiento de la política entendida como el propósito de la resolución no violenta de conflictos».
Ante el fortalecimiento de los discursos de posverdad facilitados por las redes sociales digitales (Alcantara, 2025), especialmente debido al impacto de las burbujas de filtros (Pariser, 2011) al reforzar los sesgos cognitivos, confirmar creencias y deteriorar el diálogo entre individuos con opiniones diferentes, el aumento de las batallas culturales, las convicciones morales que promueven la polarización ideológica y la polarización temática en las elecciones, es fundamental que los líderes políticos y las instituciones recurran a estrategias para enfriar la polarización (Viscarra et al., 2024) y fortalecer la legitimidad de las disputas electorales (Mair, 2015; Castells, 2018; Silva, 2023; Silva y Telles, 2025).