Es un concepto procedente del latín tardío animosĭtas, -ātis utilizado para nombrar un sentimiento negativo del orden de la subjetividad, de evaluación adversativa (basada en el antagonismo) de hechos, objetos, sujetos, derivada de valoración condenatoria.
Ettenson y Klein (2005) advierten que la animosidad y sus consecuencias están vinculadas a comportamientos políticos y organizacionales en los que el individuo protesta indirectamente por acontecimientos externos a su control. Klein, Etterson y Morris (1998) distinguen entre animosidad política, animosidad económica –la que podría entenderse como la existencia de emociones negativas o antagonismo en el ámbito económico– y animosidad general.
Animosidad política
Hartman et al. (2022) definen la animosidad política como pensamientos, sentimientos y comportamientos negativos hacia un grupo político opositor.
Este sentimiento, fundado en una lucha de influencias, se genera y cristaliza entre Estados y unidades políticas. En el contexto político, la animosidad puede estar impulsada por diferencias ideológicas, disputas territoriales, conflictos de intereses o cualquier otro factor que genere tensiones entre las partes involucradas. La animosidad política puede manifestarse en diversas formas, como retórica divisiva, ataques personales, discriminación o polarización afectiva. De hecho, la animosidad entre republicanos y demócratas, característica destacada de la vida política estadounidense, ha sido denominada polarización afectiva definida como la «tendencia de las personas que se identifican como republicanos o demócratas a ver a los partidarios de la oposición de manera negativa y a los copartidarios de manera positiva» (Iyengar y Westwood, 2015: 691).
Por ejemplo, Iyengar, Lelkes, Levendusky, Malhotra y Westwood (2019) observan que la polarización afectiva se caracteriza por una creciente animosidad personal entre partidarios de diferentes opciones políticas. Por otro lado, Garrett y Bankert (2020), basándose en ideas de la psicología moral, postulan que las convicciones morales partidistas aumentan la polarización afectiva más allá de los efectos del partidismo, aumentando la animosidad hacia otros partidos y el favoritismo hacia el propio.
Por otro lado, Green, Palmquist y Schickler (2002) observan que el partidismo en los Estados Unidos contemporáneos es ampliamente entendido como una identidad social que para muchas personas define un grupo partidista en conflicto con un grupo opuesto. Autores como Iyengar, Sood y Lelkes (2012) o Mason (2015) advierten que en Estados Unidos la animosidad partidista expresada en las encuestas va creciendo sustancialmente en las últimas décadas. Además, tal animosidad parece extenderse fuera del ámbito puramente político a las relaciones interpersonales privadas (por ejemplo, Iyengar y Westwood, 2015), de la misma manera que los conflictos étnicos tienen consecuencias políticas y sociales generalizadas (véase también Rojo Martínez, 2025).
En suma, algunos autores equiparan el concepto de animosidad política con el de polarización afectiva mientras otros la entienden como una identidad social. En todo caso, ambas visiones coinciden en que se trata de un sentimiento que define un grupo partidista en conflicto con un grupo opuesto. Además, casi todos los autores están de acuerdo en que existe la preocupación de que una creciente animosidad partidista pueda reforzar la segregación política, exacerbar la polarización y obstaculizar la cooperación bipartidista.
Más allá de esto, Tappin y McKay (2019), basándose en las tendencias recientes de la ciencia política y la psicología, han planteado una interesante hipótesis de que la polarización moral –la tendencia a ver negativamente el carácter moral de los partidarios opuestos y el carácter moral de los copartidarios de forma positiva– se asocia con la hostilidad conductual hacia el partido externo. No obstante, los resultados de su investigación sugieren que esta asociación es probablemente ligera y algo tenue. A pesar de que la polarización moral en sí misma era grande, incluso los partidarios más polarizados moralmente parecían reacios a participar en una forma leve de animosidad fuera del partido. Estos hallazgos convergen con la evidencia reciente de que, por lo menos en Estados Unidos, la polarización –moral o de otro tipo– aún no se ha traducido en que el partidista promedio quiera expresar un comportamiento hostil y directamente discriminatorio hacia su contraparte fuera del partido. No obstante, en un entorno político la animosidad puede obstaculizar el diálogo constructivo, la colaboración y la resolución pacífica de las disputas.
Hartman et al. (2022) observan que la animosidad puede llevar a los partidistas a ignorar las protecciones constitucionales (como la separación de poderes, los controles y equilibrios y el rechazo de las tendencias autoritarias) cuando su bando está en el poder, y a apoyar estas protecciones cuando es la oposición la que lo ocupa. Además, las percepciones erróneas sobre la otra parte, que se correlacionan con la animosidad partidista, debilitan el compromiso con los principios democráticos. De manera similar, la animosidad partidista puede llevar a las personas a rechazar políticas que de otro modo habrían apoyado, simplemente porque provienen de la oposición.
Las raíces de la animosidad son varias. A nivel de pensamiento, los partidarios mantienen creencias inexactas sobre sus oponentes políticos (no comprenden o no quieren comprender la composición y las creencias del otro bando y sobreestiman hasta qué punto sus oponentes los deshumanizan). Tampoco se puede subestimar el rol de los estereotipos que surgen de un sentimiento de que el otro lado es más amenazador de lo que sugieren los datos. Además, según estos autores, los partidistas también exhiben rigidez cognitiva, lo que los hace menos receptivos a la evidencia que contradice las narrativas partidistas. En el nivel de las relaciones, una causa comúnmente discutida de animosidad y polarización es la clasificación ideológica: que los demócratas ahora son en su mayoría liberales y los republicanos en su mayoría conservadores. De manera relacionada, las endo- identidades partidistas de las personas han comenzado a fusionarse con otras identidades como ideología, raza, religión, género, sexualidad, geografía, etc. Estas «megaidentidades» conducen a dinámicas dentro y fuera del grupo más fuertes y a una animosidad hacia los miembros del grupo opositor.
A nivel de las instituciones, las estructuras de las instituciones públicas (como el gobierno, los medios sociales y de masas) pueden amplificar los estereotipos mediante una retórica provocativa e indignante. Estas instituciones son las plataformas para el diálogo público, y las normas se inclinan hacia la hostilidad. No obstante, los autores subrayan que es probable que los factores mencionados anteriormente, así como muchos procesos aún por identificar, desempeñen un papel en la inducción y perpetuación de la animosidad partidista, aunque algunos de estos factores están en disputa y académicos de todas las disciplinas continúan explorando las causas de la animosidad partidista.
Existen intervenciones prometedoras para reducir la animosidad partidista. Hartman et al. (2022) proponen categorizarlas según el nivel en el que intervienen aplicando el así llamado método «TRI» para reducirla: Thoughts, Relationships and Institutions (pensamientos, relaciones e instituciones). Las intervenciones dirigidas a pensamientos, creencias y actitudes corrigen conceptos erróneos sobre el exogrupo y resaltan los puntos en común entre los endogrupos y los exogrupos. En el siguiente nivel, las intervenciones en las relaciones se centran en la forma en que los individuos interactúan con sus oponentes políticos en sus vidas personales. Los partidarios tienden a abstenerse de interactuar con personas del otro lado, o lo hacen de manera perjudicial. Las intervenciones en las relaciones desarrollan habilidades para interactuar positivamente con los miembros del exogrupo y unen a las personas para lograr un contacto productivo y significativo. Finalmente, las intervenciones a nivel institucional apuntan a la cultura en la que están arraigados los partidistas, con el objetivo de inculcar normas más positivas y transformar los incentivos que rodean la (in)civilidad.