Este término hace referencia a una estrategia comunicativa orientada a generar tensión, revuelo y desconcierto en la opinión pública. Suele englobar una serie de actos diversos que pueden llegar a ser violentos y puede llevarse a cabo tanto por el gobierno como por la oposición o por grupos que incluso se denominan antisistema. Estas acciones están encaminadas a conseguir un clima de opinión generalizado entre la ciudadanía con el fin de obtener unos objetivos concretos que sirvan al propósito que se quiere alcanzar.
En general, en el diseño de este tipo de actividades debe tenerse en cuenta que los destinatarios suelen partir de premisas de indiferencia o escepticismo; cuestiones que hay que superar si se quiere tener éxito en el resultado final, pues la necesidad última es que el mensaje entre en la agenda política. Los medios utilizados para lograr este objetivo son diversos y van desde la prensa (ya sea aparentando información o claramente opinión), cartelería, manifestaciones, actos diversos, creación de plataformas, redes sociales, discursos, arengas… hasta las acciones de lobby, huelga o violencia contra aquellos grupos percibidos en posiciones contrarias y adversas. De todas estas acciones (y cualquier otra), algunas estarán sujetas a regulación legal, mientras que otras no. Por ejemplo, una manifestación o huelga autorizada, y otra que carezca de dicha autorización. Por ello, hay que tener en cuenta que la agitación política no siempre está sujeta a un estilo insurreccional de hacer política (Arditi, 2007).
En este tipo de acciones han de coincidir condiciones de tipo subjetivo y objetivo, entendiéndose por estas últimas las realidades que engloban el contexto en el que se desarrolla la actividad de agitación. Es importante que en este tipo de movimientos se distinga lo que es la información del ruido mediático, que es de uso común en estas acciones; pues en muchos casos se rompe la vinculación entre el concepto de verdad con el de información. Por otro lado, las condiciones subjetivas abarcan sensaciones, sentimientos, reacciones y opiniones que surgen como consecuencia de las actividades de agitación y toman forma en la mente de la gente. Es decir, conseguir una reacción anímica y/o un estado de conciencia determinado que lleve a un clima social que esté a favor del cambio que se quiere conseguir.
Asimismo, desde la perspectiva teórica comunicativa estas acciones deberían estar pensadas para cubrir los siguientes pasos: exponer el mensaje, convencer de su necesidad, legitimarlo, y, finalmente, movilizar. En este sentido no hay que olvidar que «la totalidad de las revoluciones contemporáneas devienen directamente de una agitación dialéctica e ideológica previa, que antecede a la insurgencia más activa y armada» (Fernández García, 2022).
Para que la agitación política tenga éxito debe apoyarse necesariamente en elementos de legitimación que deben formar parte de los componentes de los mensajes que se emitan por los distintos canales de comunicación y de esta manera formar parte de las dinámicas propias de la transformación social, aunque en el caso de la agitación que requiere ritmos rápidos, estas dinámicas han de acelerarse en beneficio de un resultado rápido. Ahora bien, no hay que olvidar que la agitación no implica una garantía de éxito.
Tradicionalmente, la agitación política ha sido, aunque no exclusivamente, una forma de lucha propia de los regímenes comunistas, que además contaban con agitadores profesionales dedicados a movilizar a las masas. Una variedad de la agitación política es la denominada Agit-Prop, puesta en marcha por la URSS y que combinaba labores propias de la agitación con otras de propaganda, encaminadas ambas acciones a convencer en una determinada dirección y controlar a los ciudadanos. Aunque en el caso de la URSS, la diferencia fundamental estribaba en que la Agit-Prop estaba organizada por el Estado y no por grupos de oposición política, suponiendo un conjunto de actividades diversas encaminadas a mantener el espíritu revolucionario vivo y unificado en una dirección, complementándose estas labores de agitación con una serie de actividades propagandísticas a través de diversos medios y englobaba prácticamente todos los aspectos de la vida de las personas con el fin de penetrar en sus conciencias y evitar posibles disidencias.
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Este método, que simplifica mensajes políticos complejos en ideas concisas y emocionalmente impactantes, ha transformado movimientos políticos, moldeado narrativas y movilizado masas. Desde los carteles y el teatro callejero hasta su uso en redes sociales, la propaganda de agitación sigue siendo una herramienta clave en la lucha ideológica.
A día de hoy, la agitación política no tiene esa connotación ideológica anterior, sino que se estaría haciendo referencia a una herramienta que se utiliza para la difusión de una idea o acción que lleve a conseguir que las personas converjan en un proyecto/idea de cambio a través de la realización de determinadas actuaciones (violentas o no o combinación de ambas) encaminadas a conseguir un fin determinado que entra dentro de la dinámica de transformación de la sociedad.